Volvió con dos cervezas y tomó asiento de nuevo. Golpeó con la suya la de ella como gesto de complicidad. Ella, sonrió.
-Perdona Orlando, pero estoy muy nerviosa con esto. ¿Si quieres puedo devolverte el dinero y lo dejamos?
-¡NO, Isabel!... Respondió Orlando tomándole las manos. –Ya lo hemos empezado y quiero ese manuscrito, así sea la última cosa que haga en mi vida.
Ella, le miraba con asombro –cómo se puede ser tan cabezón- pensaba para sí misma. Un chico que parece tenerlo todo y arruinarlo por un intento en algo que parecía no existir, porque ella no lo había visto, tal y como él dijo.
-Orlando, a lo mejor alguien ya lo ha robado, o puesto en otro lugar y será muy difícil encontrarlo.
-No creo. Respondió enérgicamente él. –Por lo visto ha estado allí desde hace mucho tiempo, porque parte de las hojas continuas estaban manchadas con su tinta.
-¡Querido Orlando! Replico esta vez ella, tomándole de ambas manos. –Esto se ha convertido en una especie de amor platónico del cual no se ha cumplido debidamente sus aspectos, hemos presenciado el ofrecimiento, la aceptación y aún no tenemos la devolución… -Olvídalo de una vez por todas y sigue impartiendo tus clases, que ya son famosas en la escuela de literatura. Isabel, le miraba con cierta ternura.
No creo que ella estuviera enamorada de él –lo digo de corazón- pero si que tenía ese sentimiento de simpatía que a veces es mucho más fuerte que cualquier tipo de amor y mucho más duradero también.
-Así que mi buen Orlando, debemos basarnos en las tres cualidades que hacen que nuestra vida sea mucho mejor, tal y como te lo he dicho en otras oportunidades. Él sonrió.

-Es cierto, Isabel. Dijo Orlando bajando su cabeza y mientras apretaba ambas manos con fuerza sobre la mesa.

-Orlando, es importante que leas mucho y explores dentro de los grandes de las letras Solía hablar de una manera extraña, cuando salíamos de aquel lugar. Usaba un vocabulario que a veces no entendía; pero que ella luego explicaba con exactitud. Extraño ser. Una mujer obrera de fábrica que sólo asistió a la primaria y un poco más.
A él no le importó que ella no asistiera a la cita. Eran las cuatro de la tarde y el frío castigaba todo lo que se encontraba a su paso en La Alameda. Su plaza pintada de amarillo hasta más no poder, no dejaba indiferente a nadie.
Se calmó un poco y decidió no ser “tan existencial” ésta vez. Se dirigió a un pequeño bar de tapas, donde tuviera buena vista del lugar acordado. Ya han trascurrido treinta minutos y ella, no da visos de vida alguna.
Cambiar de nombre no es cosa fácil, más aún cuando al tiempo se le ha permitido que transcurra. Pero a veces los cambios son buenos. No, la mayoría de las veces… Pero si lo razonas bien; a lo mejor si lo son… 
