La Coctelera

Categoría: Animales

Sevilla VI... "Un Nicolasito Pertusato"

-Sí lo recuerdo perfectamente: Afabilidad, simpatía y delicadeza… ¿Así es… no? Ella sonrió al escucharle.

-Así mismo Orlando… Recuerda que somos amantes de las letras y eso nos hace diferentes a tal punto que a veces nos evadimos de nuestra realidad.

-Pero Isabel, es lo que nos hace distintos y de cierta manera afortunados.

-Sí, que lo somos, seguro que sí.

Pidieron unas cuantas cervezas más que acompañaron de algunas tapas. Transcurrieron tres horas, sin apenas notarlo. Orlando, se levantó de la mesa y miró a través del cristal, cómo queriendo supervisar el exterior. Pero todo estaba tranquilo. Ella le seguía con la mirada. Esperaba que él, diera una señal para ella levantarse tomar su abrigo y salir juntos a la calle de nuevo, y así fue. Caminaron por las estrechas calles, que lucían solas a pesar de ser casi de noche. En medios de esos dédalos ni siquiera notaron cuando se encontraban en el centro de Sevilla.

Un niño perturbaba el sueño del que parecía ser su perro y La Giralda, les servía de testigo.

-¡Un Nicolasito Pertusato cualquiera!... Dijo Isabel, mientras miraba la escena. Orlando, sonrió.

-Es hora que aceptemos la ayuda de nuestro anciano amigo Francisco, ha dicho que tiene algo que puede interesarte. Orlando, recordó aquel ofrecimiento.

Su pasión por las letras una vez más, hacia de las suyas en su mente y cuerpo. Fueron en busca de un viejo hombre que ha cuidado por años, los sótanos de la catedral de Sevilla.

Sevilla: I II III IV V

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Lisboa IX… “Polvos Contados”

De allí en adelante para Yago la reunión se convirtió en un monologo interno con voz en Off, -ya sabéis todos que a veces suele pasar-, reflexionaba acerca de la crueldad de la vida, de sus amores, pleitos familiares –ésos que nunca terminan- hasta que el pariente con quien los tienes muere y llegas a lamentar su ausencia en la mayoría de los casos -¡somos así!-, qué se le puede hacer.

Los otros chicos llegaron sonriendo, con miradas de picardía por algo que ellos, sólo sabían que habían hecho, a lo mejor iniciaban una relación o tan sólo la confirmaban y la mantenían en secreto. Éste no era el problema; las cosas se complican cuando crees que tienes la vida en calma y parece que has encontrado lo que buscabas. Aún, después de muchos años de relación, no llegas a pensar que algunas cosas puedan pasar. Recordé las letras de un maravilloso escritor que decía: “Uno tiene los polvos contados, y si no los usa, los pierde”, así de claro era el párrafo, pero lo que olvido decir acerca de ello, es que a veces es mejor perderlos que echarlos mal, y éste era mi caso. Por nada del mundo, compartiría fluidos –llamémosle así- con un tipo de persona, como la que tenía enfrente, lo peor de los casos, era que la persona por quien tenía un sentimiento sea capaz de hacerlo. No había opción, o mejor dicho sí que las había.

Terminaría de cenar con mis dos auténticos amigos y abandonaría las cosas en manos del tiempo. He visto que es quien siempre, pone las cosas en su lugar y la verdad es mejor poder verla a tiempo, no cuando ya no tienes opción ni fuerza para enfrentarlas, sino morir resignado y aguantar.

-Sonreí- Sí, no me juzguéis por ello. No olvidemos que la felicidad es un estado muy personal, que no debe depender de nadie, a lo mejor adaptable a las situaciones, pero siempre será algo muy íntimo.

Puse mi atención en la gentil Pili, en la que se produjo un cambio total de expresión al explicar, acerca de un supuesto artista que era capaz de dejar morir de inanición a un perro sin dueño en una exposición de Nicaragua. Era una de las defensoras que esto no ocurriera más y creó una página en INTERNET , para que todo él que deseara firmar en contra de ello pudiera hacerlo. Cosa que me pareció noble de su parte y más aún por los llamados “Sin Voz”…

Lisboa: I II III IV V VI VII VIII

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Lisboa IV… “Blogueros”

Pudo dormir apenas unas pocas horas. Cuando su mente cesó de pensar en lo sucedido. Al despertar, eran las diez y tantas de la mañana. Se incorporó rápidamente del sofá y corrió hacía el lavabo, con el fin de darse una buena ducha y sentirse despierto de un todo. Llegaría tarde a la cita, no había tiempo para ir al aeropuerto en busca de los invitados –ya lo haría otro encargado por él- olvidó llamarle para decirle que no asistiría, así que en ese mismo momento, tomó su teléfono móvil y llamó a uno de los encargados del evento. Deseaba saber, cómo iban las cosas y confirmarle que estaría en el salón de eventos dentro de 45 minutos aproximadamente.

Abrió el grifo del agua y dejo que la misma corriera un poco antes de estar en su punto, le gustaba que estuviera algo caliente. Aún se sentía fatigado y algo paranoico, no deseaba afligirse de esta manera, odiaba que sus pensamientos dependieran de una situación. Una vez bajo el agua tibia, enjabonó todo su cuerpo e hizo lo que desde su juventud resultaba un remedio a todo su estrés. La espuma del jabón proporcionada una grata sensación –como las mil caricias sobre su piel- su virilidad pedía a gritos ser vaciada y se dispuso a proporcionarse un grato orgasmo que le sacará del limbo donde se encontraba. Una vez consumado, dejo que el agua hiciera su tarea, lavara su cuerpo caliente por el placer y los restos de su naturaleza. El agua continuaba cayendo intensamente sobre su cabeza y de allí se distribuía por toda su preciada humanidad. Recostó la frente sobre la pared porcenalizada del baño y comenzó a llorar nuevamente. Tan solo fue un rato, porque luego salió corriendo en busca de la toalla que tenía a mano y se apresuró a secarse, puso algo de desodorante y un perfume de Vetiver sobre su cuerpo, antes de comenzar a vestirse.

Unos minutos después estaba camino al lugar donde estarían todos los invitados; él tendría que conocer uno a uno, antes de iniciar la charla de bienvenida. Sentía mucha ilusión al conocer a cada uno y desvelar quién era el dueño del blog llamado “¿Lo sabe tu madre?”. Un titulo algo sugestivo de lo vivido y que servía de consultorio sentimental y psicológico a todos sus lectores, entre ellos una gran amiga virtual de Madrid, llamada Pili, quien poseía un lugar en la red, con el fin de conseguir dueño a todos los animales abandonados del país –era una gran obra- según nuestro protagonista, y le conmovía enormemente esta labor llevada por esta joven chica. Otro era, Rafael, un joven divorciado, quien había decido contar su soledad a todo el que quisiera leerla. Pensaba en ellos, mientras aparcaba frente al sitio donde ocurriría el esperado encuentro… Rafael, era un chico español con residencia fija en Estambul.

Lisboa: I II III

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De Caracas a Madrid...


Toto , no era consiente de lo que se le venía encima. Sus días al lado de Ariadna, eran los mejores de su perra vida. En un país, donde la esperanza es golpeada cada día y sus habitantes son sumergidos en una pusilanimidad nunca antes vista en la patria de Bolívar. Todo parecía transcurrir en una falsa tranquilidad.

Fue hasta el día en que Lennis, harta de tanta inseguridad y cambios constitucionales, que retiran la patria potestad de sus hijos, convirtiéndoles en propiedad de una fatua republica formada por oportunistas de poder y premiadores de miserables dádivas a sus seguidores, quedando para los más grandes, maletines llenos de misteriosos dólares de los cuales nadie parece ser dueño al ser descubiertos en cualquier famoso aeropuerto argentino. Todo un frondoso caos, en la que la fiesta mayor, solo reservada para los lisonjeros del régimen los cuales en ningún momento muestran algún sentimiento de piedad por su tierra ni por los desdichados que mueren cada día en manos de la delincuencia. Egoístas, como los de un film de horror a los que solo importa su miserable humanidad.

Aquel día Héctor , vio que su impotencia llegaba a la cúspide. Estaba decidido. Abandonar todo. Hacer el papeleo necesario y largar lejos en contra del dolor que esto causa en la vida familiar, al dejar parientes y romper con toda su identidad en pro de una existencia mejor para sus pequeños hijos.

Ariadna y su pequeño hermano no entendían de qué iba el asunto. Más Toto, un pequeño chucho corrido en siete calles, presentía lo que esto representaba. Lennis entre tanta tribulación olvido qué sería de la vida de Toto sin ellos. Este último preso de una inmensa inquietud, no se hacía a la idea de volver a las peligrosas calles de Caracas, a su vieja vida de vagabundo, luego de haber sentido el cariño de una hermosa familia.

Así fue, como el día llegó y tras varias noches durmiendo en brazos en Ariadna, quien se dormitaba entre sollozos y charlas de consuelo para su fiel amigo hacia que el dolor de Toto se acrecentará más y más. Habían consultado a varios familiares pero nadie mostró interés en hacerse cargo de un perro que carecía de raza definida y por lo tanto no sería muestra del buen gusto de su propietario. Abandonarle sin más en el mismo lugar donde fue encontrado. A lo mejor allí los recuerdos le facilitarían olvidar su etapa de perro hogareño.

Llegada la fecha, Ariadna y su hermano fueron llevados a casa de sus abuelos para la despedida y en aquel momento Lennis, le dejaría en Parque Central. Toto, no se lo podía creer, era realmente duro volver allí y mucho más sin el cariño de su dulce Ariadna. Fue cuando el entendió, que ni los perros escapaban del dolor a causa del régimen...

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Estambul V... "Hamman"

Bajamos por Alemdar Caddesi una larga vía llena de contrastes. Varios pequeños grupos de perros callejeros se toparon en nuestro camino –sentí pena por ellos- muchos al mirarme fijamente a los ojos, parecían propiciarme palabras de cordialidad infinita. Como si se tratase de seres especiales atrapados en el cuerpo de cada animal. Algunos movían su cola al solo vernos. Saqué de mi mochila algún trozo de pan y lo repartí a todos. Esto causo una especie de algarabía que les hizo creer que sería su nuevo dueño. Hrant, me comentó que según los tópicos de la religión, tocarlos te hacia impuro y debías someterte a un ritual de purificación posterior –chorradas- le contesté, sin más. No he conocido en tierra a un animal más noble que este.

-Ojalá nosotros los hombres conociéramos la fidelidad como ellos lo hacen. Le dije mirándole con cierto reproche a los ojos

-¡Tienes razón! Tenemos muchas cosas por aprender de estos seres. Sentí cierto hüzün en sus palabras

Pero debía entender que en este maravilloso país, algunas incongruencias hace siglos se habían apoderado de la mente de sus habitantes y no existe nada más peligroso en ello que los prejuicios y acontecimientos que estos desencadenan.

Me despedí del pequeño grupo de “ladronzuelos callejeros”, al menos me consoló la idea, de su pandilla. Siempre el apoyo viene bien cuando se esta solo en la vida. Muchos de ellos morirían por congelación, el invierno próximo. Volví mi mirada y varios movían sus colas, como en una especie de hasta luego agradecido.

Hrant, palmeó mi hombro en señal de apoyo a mi nostalgia e impotencia. Continuamos el ligero descenso, cuando él dijo:

-Hemos llegado. Dijo deteniéndose de golpe y señalando el lugar.

Pude leer un pequeño retablo de madera en lo alto de la puerta. Se trataba de un Hamman. Sabía lo que era –me asusté- por un momento, porque no entendía nada, pensé que a lo mejor debía purificarme por haber tocado a mis anteriores amigos; pero en el fondo sabía que Hrant, no era un hombre seguidor de alguna creencia religiosa.

Él, abrió gentilmente la puerta y la sostuvo invitándome a entrar en el baño turco. Al entrar en el pequeño recinto, sentí el tibio vapor en mi cara. Una pequeña sala, se entreabría en una especie de patio con balcones en una segunda planta –me remembró los patios andaluces en España- pero fue solo un recuerdo. Algunos hombres semidesnudos bebían té, solo se cubrían sus partes con una pequeña toalla artesanal mientras que charlaban pausadamente en su idioma natal. No escuché ningún idioma diferente al turco, por lo que supuse que ningún turista sabia de la existencia de este sitio. Un cordial hombre nos recibió con gentileza, era conocido de mi amigo –lo digo por la manera en que se saludaron- y nos ofreció pasar a una pequeña habitación con diminutas cajas de madera, que servían para guardar tu ropa y objetos personales.

Hrant, se apresuró a desvestirse y me pidió que hiciera lo correcto –comencé con mi holgada camisa, luego el pantalón –ya me había quitado los zapatos- al final permanecí desnudo unos segundos, me sentía totalmente desabrigado. Tomé la pequeña toalla y me rodee mi parte genital con ella, me coloqué las sandalias que me habían entregado en una especie de paquete que incluía también una blanca toalla –supuse que debía guardarla para secarme- por lo que preferí dejarla con mis pertenencias.

Caminamos por los estrechos pasillos, hasta llegar a una gran sala, coronada por una cúpula con muchos tragaluces que dejaban pasar la luz del día e iluminaban en forma de rayos el recinto. Un hombre sentado en una de las pequeñas fuentes, cantaba mientras el agua caía desde la cabeza por todo su cuerpo.

Me pareció retroceder en el tiempo y por un momento fantaseé en ser un guerrero romano que se daba un descanso, después de sus viajes y guerras. Hice lo mismo y me detuve frente a una de las pequeñas fuentes de mármol, donde emergía el agua de una “boca de león”, sumergí la mano en ella y estaba tibia, de allí el vapor reinante en el salón. Harnt, me observaba sin emitir palabra, se hizo con otra vertiente a mi lado y comenzó a colocar agua en su cabeza que en un santiamén le había empapado. El sonido exótico del canto, que no comprendía me embriago de cierta manera, al igual que la sensación del agua tibia que empapaba todo mi cuerpo. Tomé entre mis manos una pequeña esponja que recordaba a un calcetín rustico en forma circular que al contacto con el agua dejaba salir una generosa espuma con olor a sándalo que pasé por todo mi cuerpo de manera lenta, mientras miraba como en medio de la tabla de mármol de la sala, un hombre extendido en ella, recibía un masaje por parte de un hombre ya viejo y gordo, otro le acompaña en su tarea y Hrant, me aclaró que él a lo mejor había pagado por un “baño sultán” y recibía estos cuidados. Sonreí ante la idea y continué llenando toda mi piel del perfumado jabón.

Hrant, me contó que en este precioso lugar, los hombres turcos al igual que los antiguos romanos, se liberaban de todo su dolor y tensiones. Muchos secretos guardaban sus paredes, otros disfrutaban de algún que otro favor de uno de sus visitantes y así aliviar sus penas.

-La religión ha castrado a este país y hasta tener relaciones sexuales con una fémina antes del matrimonio, no está permitido en este lugar. Replicó mientras ponía agua en su cabeza.

Entendí lo que decía y permanecí callado…

Estambul: I II III IV

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Ciudad de México VIII... "Currucucú Paloma"

Lupita quedó petrificada ante la aparición. Dio pasos hacía atrás y apoyó su espalda contra la fría pared cubierta de baldosas. Rubén, unos pasos más adelante, no sabía qué hacer, su cuerpo lateralizado, sudoroso y con un corazón que se partía de tanto palpitar. Aturdido por los hechos, miró con consuelo a su amada. Tan solo veinte metros, le separaban de malvado padre. El tiempo se detuvo, ella estaba a punto de desfallecer y rompió en llanto, al saber cuál era su destino en manos de su progenitor. Recordó como de pequeña le castigaba sin piedad –miró su antebrazo- y vio la marca que había dejado una de sus correas en su piel.

El desgraciado hombre, al otro lado, transpiraba como un toro antes de salir al ruedo, su olor a azufre como el del mismo diablo acompañaban su mirada puesta en ambos. Poco a poco extrajo el cinturón de su pantalón y lo enrolló en su mano derecha –ya que en la izquierda- había tenido un pequeño accidente con daños en los tendones, que no le permitía tener cierta movilidad. Sin pensarlo dos veces, el demonizado hombre, saltó a las vías del tren; Rubén, preparó la pistola que hace unos momentos había robado al esbirro que casi les captura. Ella, ya no tenía fuerza alguna –pensó lo peor- al ver las acciones de ambos. El grueso hombre continuaba su camino hacia ellos. Cuando el sonido del próximo tren, se dejó escuchar. El hombre a medio camino, devolvió sus pasos hacia el andén del que había saltado, pero su exagerado peso y el cinturón en su mano derecha aunado a la pérdida de la fuerza en la contraria, no le permitieron subir a tiempo, cuando el tren hizo su aparición, cargándoselo sin remedio. La cara de asombro de Rubén se unió al grito desesperado de su hija, al ver cuando su padre era arrastrado y convertido casi en pedazos.

Ella cayó en el suelo, sus piernas no le sostenían y el blanco vestido, le hacía una especie de colchón inflable en el que solo se podían ver los cabellos que cayeron sobre su rostro al bajar la cabeza para llorar. Rubén, desconcertado pero lúcido, vio como el otro hombre había quedado sin poder pasar a buscarles; el tren y el barullo de la gente se lo impedía. En esto el tren contrario hizo su aparición y se detuvo ante ellos. Las puertas se abrieron y él, cogió de ambos brazos a su amada y casi le obligó a escapar, en medio de llantos, le arrastró e introdujo en el vagón, antes de que este diera la señal de partida. Una vez cerradas las puertas, ella se sostenía de pie entre sus brazos a la mirada de todos los pasajeros que no entendían nada de la situación. Casi nadie se percató de algo, debido al accidente ocurrido.

-¡Es mi culpa! Susurraba ella en su pecho, entre lágrimas

Él, tomó su rostro entre sus manos y le beso los labios con ternura.

-No es tu culpa amada mía –Debemos irnos lejos ¡Muy lejos! Replicó Rubén, mirándole directamente a los ojos, con su cabello húmedo por el sudor.

Él le abrazó tiernamente, mientras que por las ventanas del tren se podía apreciar el amanecer de la ciudad. No sabía a dónde irían. Un grupo de músicos bohemios, que regresaban borrachos en tequila de alguna fiesta al ver la congoja de la novia, le dedicaron una vieja canción.

Mientras el tren, continuaba su camino impoluto y veloz hacía quién sabe dónde…

Ciudad de México: I II III IV V VI VII

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Ciudad de México VI... "Mariposas Amarillas"

Fue en el mismo momento cuando los enamorados entraron en la pequeña iglesia y el padre de Lupita era liberado por un acuerdo con el juez. Arreglado y amañado por el Licenciado Méndez. Su esposa Adelita –la madre de la desafortunada muchacha- le esperaba afuera, para abrazarle y llenarle de amor y consuelo.

El muy desgraciado –le llamo así, porque las fechorías las lleva en su sangre- salió, ya lleno de una rabia fuera de lo común. Ella –su esposa- le había llevado una botella de tequila en una bolsa, para que él se sintiera algo más animado y así poder contarle la historia de lo que había sucedido hace algunas horas. Era tan desgraciado –vuelvo y repito- que se había “cargado” a uno en plena cárcel, en una trifulca de esas que suelen hacerse y en las que las victimas mueren porque les toca. La mujer, buscó sus labios para besarle y este los esquivó, quedando el beso en una de sus mejillas. De un solo jalón, casi le arranca la mano para hacerse de la botella, que llevo de inmediato a su boca, luego de abrirla, dándole un largo sorbo.

-¡Ten cuidado que te puede hacer daño! Exclamo Adelita

Sin contestar, siguió adelante, ella de manera muy precavida se acercó a contarle lo sucedido. Él se pensaba que ella había escapado de la boda para buscarle y de allí su vestimenta. Sin más empezó hablar y contar con detalles, no había terminado cuando el hombre se había convertido en una especie de demonio del Apocalipsis, solo le faltaba una bestia donde subirse y extraer su espada para arremeter con todo el que se interpusiera en su camino.

-¡Solo falta que deba regresar a la cárcel! Grito desesperado, mientras engullía el líquido alcohólico, que no parecía quemarle las entrañas con su pureza.

-Yo mismo me ocupare de ella y de su Rubén. Dijo amenazante – Yo mismo les haré entender para qué nacieron

La mujer casi corría a su lado, era un hombre extremadamente alto y grueso en carnes, aún llevaba la cara sin afeitar y sus cejas pobladas que recordaban las de Neptuno, le daban un aspecto realmente sobrecogedor.

Al otro lado de la gran ciudad, una lluvia amenazaba con caer. Los jóvenes amantes hablaban con el Padre Lorenzo, quién los reprendió de manera sutil, pero comprendiendo el amor que sentían el uno por el otro. Allí sentados en plena sacristía, rodeados de un olor de flores, cera, vieja madera y libros guardados, escuchaban atentamente las palabras de su amigo. Insistieron en que fuera esa misma noche cuando les casara. Después de algunos rodeos de evasión el no tuvo otra elección que ir por sus túnicas y oficiar la ceremonia. En medio de una soledad reinante, en la que solo las palabras en latín del padre se dejaban oír y aquella pareja de arrodillados recibiendo una comunión, sin anillos de boda, culminando con un “Les declaro marido y mujer” todo se dio por concluido. El padre Lorenzo abrazó tiernamente a cada uno y les deseo lo mejor. Les pidió que debieran tener mucho cuidado, porque el conocía perfectamente a aquel magistrado y era capaz de cualquier fechoría en su contra.

El se retiró a su aposento, donde le esperaba su amado jardinero, un hombre mucho más entrado en años que él y quién amaba desde su llegada a la parroquia. Mientras que los pequeños amantes se entregaban a la lujuria de saberse marido y mujer, allí mismo en la sacristía, Rubén la poseyó con cierta dureza y amor, ambos se sintieron profundamente unidos, sus interiores ardían de pasión y desenfreno, culminando con un grito apagado en ambas gargantas. El olor de las flores se intensificó mucho más aún y los cirios dejaron de brillar ante semejante amor. Mientras tanto la iglesia como cada noche se llenó se pequeñas mariposas amarillas que semejaban pequeñas luciérnagas. Creo que eran las mismas de Mauricio Babilonia –esto creo yo- que también las ví.

Ciudad de México: I II III IV V

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Ámsterdam X... "Can't Give you Anything" (But my Love)

Sarah se alejo rápidamente de allí hacia la puerta con la ayuda de Tom. Pensó que desfallecería, por un momento todo se nublo en su mente, sintió que el aire le faltaba y unas ganas inmensas de vomitar, no sabía si se trataba de la impresión al ver a su ex novio en aquella situación o era el hecho que estuviera “follando” con la que era su jefe y a la que dos meses atrás ella había invitado a una cena en su casa para presentarle a su pareja. Estaba perpleja, Tom que conocía a Heidi, no daba crédito a la situación. Por un momento el tiempo se detuvo –no sé si lo hace en realidad o es una jugarreta que hace nuestra mente- ambos le miraban como con ganas de explicar “algo” que ni ellos mismos entendían.

Sarah les miró con cierto recelo inquisitivo, con sus ojos a punto de estallar en lagrimas, de un sacudón se soltó de los brazos de Tom y salió expedida por el largo pasillo, su respiración acelerada se confundía con sus recuerdos de los momentos vividos con Boyce y la culminación de su engaño. Sus amigos le vieron salir corriendo quedándose atónitos a la falta de explicación del hecho. Vieron como se abría lugar entre la gente y pasaba apresuradamente entre ellos. Los tres Cris, Manuel y Josué, se levantaron apresuradamente de la mesa al encuentro con Tom que regresaba del lavabo.

- ¿Dónde esta Sarah? Ninguno supo qué decir en el momento

- Acaba de salir corriendo a la calle. Dijo Cris con preocupación
- Luego os explico, dijo Tom y se apresuró a salir en su búsqueda

Afuera el otoño iniciaba pequeñas ráfagas de viento, el suelo estaba mojado, la lluvia reciente había dejado pequeños charcos entre las baldosas, las cuales Sarah pisó, salpicándose sus botas negras. Tomó el mismo camino de regreso, aún sin saber a dónde iba en realidad, el llanto era profuso, ella ni siquiera se molestaba en retirarlo de sus mejillas, este se tornaba frío y doloroso al contacto con el aire, lo último era debido al sentimiento que parecía destrozarle su interior, era esa mezcla de rabia e impotencia que muchos hemos experimentado ante la traición.

Tom salió a la calle y miró de un lado a otro sin ver muestras de ella por ningún lado –estaba asustado- conocía a Sarah y pensaba que era capaz de alguna locura, ¿Cuál? No lo sabía, pero a lo mejor era un mero presentimiento. Sarah en un santiamén estaba frente a la pequeña iglesia frente al Museo Beurs Van Berlage, atravesó la pequeña plaza y cuando se disponía a cruzar la calle una bicicleta, que a altas horas de la madrugada iba empedernidamente veloz, la embistió, golpeándole fuertemente de un lado, cayendo al suelo, tanto ella como el hombre que la conducía. Ella quedó panza arriba –solo le faltaba esto- perpleja por la situación y el hecho, sobre el frío suelo, sintió como su cabello negro se humedecía al contacto con los adoquines. El conductor de la bicicleta se abalanzó sobre ella y le miró con cara de angustia

- ¡Perdona! ¿Te encuentras bien? ¿Te hecho daño? – Lo siento mucho

Ella atolondrada por el susto y la contusión, vio la cara de un hombre de su misma edad –esto le parecía- rubio, al que sonrió al ver su cara de preocupación

-Estoy bien. Dijo incorporándose, ayudándole él a hacerlo.

Se quedó un rato allí, a ambos no les importó si se encontraban encima de los rieles del tranvía o si un taxi a esas horas pudiera pasar.

- Me llamo Arthur, por favor déjame ayudarte - ¿Quieres que te lleve a un hospital?

- No será necesario. Replicó Sarah llevándose las manos a la cabeza.

Ella de pie pudo ver cómo un grupo de folios se habían desparramado por la calle y se apresuró a ayudarle a recogerlos; él le dijo que no se molestara pero ella no se detuvo. A lo lejos se pudo oír la voz de sus amigos, que la llamaban insistentemente, continuo recogiendo hojas de papel escritas.

- Es mi novela, la he terminado e iba corriendo a casa, perdona fue mi culpa.

Ella le miró sonriendo, se retiró el mechón de su cara, cuando Tom llegó corriendo y le abrazó. Todos le rodearon en un instante. Arthur habló con Josué acerca de lo sucedido, mientras que todos le consolaban y protegían. Josué le dio los datos y dirección de Sarah, él los escribió rápidamente encima de una de las hojas de su novela. En ese momento ella le devolvió una mirada que él respondió con gusto.

De regreso a casa, Sarah se despidió. Solo Caroline y Tom vendrían con ella; los demás insistieron en acompañarle, pero ella se encontraba más tranquila.

En casa, luego de la administración de un analgésico, los tres se quedaron placidamente dormidos. Yo les observaba desde el somier, ya en Ámsterdam comenzaba a amanecer, me acurruque llevando mi cola hacía adelante, cuando pude oír al vecino que iniciaba el día con algo de música . Fin

Ámsterdam: I II III IV V VI VII VIII IX

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