La Coctelera

Categoría: Ciudades

Sevilla VIII… “Dickens”

Orlando se sintió ridículo. Las mismas emociones de “niño estúpido” se apoderaron de él, sin más. Volvía nuevamente a tener que citar aquellas frases del famoso escritor, que para él fueron más fáciles de memorizar con aquel viejo film donde Albert Finney, era protagonista.

Es el momento cuando el espectro de su socio fallecido Jacob Marley se aparece frente al huraño Scrooge:

-¿Qué quieres de mi?

Mucho!

Orlando, había tomado una actitud algo solemne, continuo…

-¿Quién eres?

-En tu vida era tu socio… Jacob Marley

-¿Puedes sentarte?

-Claro que puedo sentarme

Entonces hazlo!

En ese momento el espectro se sienta en el aire, bajo la perplejidad de Scrooge

-No crees que pueda ser yo ¿Verdad?

-No, no lo creo

-¿Por qué dudas de lo que ven tus propios ojos?

-Porque tengo algunos trastornos de estómago, y eso sin duda, han afectado mi vista. Eres una alucinación. Probablemente debida a… un trozo de carne sin digerir… O a un trozo de mostaza… O a un pedacito de queso… O a una patata podrida. ¡Sí! Eso es lo que eres una patata podrida… ¡No existes Jacob Marley! ¡Paparruchas! Te lo digo yo un montón de…

En ese momento Scrooge, es silenciado por un súbito arranque de ira del espectro que se eleva por los aires golpeando sus cadenas…

Isabel, le miraba fijamente. Por primera vez desde que le conocía le atrajo de una manera diferente, como si aquellas frases estuvieran cargadas de cierto erotismo. Francisco, por otro lado, le observaba con cierto orgullo.

-Ya está bueno. Dijo éste último

Todos salieron del encanto que les había producido aquel dialogo del Cuento de Navidad. Al girarse y decirles que le siguieran, Francisco, esquivó la mirada de ambos. No deseaba que le vieran con los ojos humedecidos. Era un hombre sensible, pero no lo mostraba casi nunca a nadie.

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Sevilla VII… “El Pasado"

Francisco, les recibió con un gesto amable. Así le pareció a Orlando. Isabel, no pronunció palabra. Se trataba de una persona que conocía tiempo atrás, cuando su padre le llevaba a visitarle. Siempre charlaban de temas que ella no llegaba a comprender. Ya los había olvidado. Siempre se quedó con ganas de poder interpretar  con su intelecto adulto, lo que ambos charlaban por horas. Cosa que a ella le pareció de un extremo aburrimiento en su momento.

Orlando, por el contrario se mostró muy interesado en conocerle y hacerle un montón de preguntas acerca de algunos manuscritos que permanecían en aquel lugar.

-¿Así que eres el joven profesor inglés de quien mi querida Isabel, hizo mención? Dijo el senil hombre.

-Así mismo Don Francisco, soy yo. Mi nombre es Orlando.

-Un apasionado de Dickens, por lo que he oído. Dijo Francisco, con una mueca de risa en su cara, que más bien  se asemejaba a una burla.

Orlando, no lo notó en lo absoluto. Era un hombre el cual sólo fija su mente en el objetivo del momento. Lo que su pensamiento desea con absoluta obsesión. Sabía que: Ser así le traía problemas. Pero era parte de su naturaleza y a menos que la vida le jugara una mala partida, esto no tendría remedio. Existen personas en el mundo, los cuales parecen conseguir una especie de placer en estrellar sus deseos contra una pared una y otra vez. Orlando, era uno de ellos.

-Muchacho, antes de desvelarle algunos secretos de éste lugar, quiero que me des una razón valedera de por qué le agrada tanto ese autor. Dijo el anciano sin mostrar el mínimo recato. –Y no quiero escuchar que sólo porque se trata de un famoso escritor compatriota, le admiras con devoción.

Orlando pareció no gustarle mucho la pregunta. Nunca había hablado de ello antes. Ni a siquiera Isabel, siendo su mejor amiga.

No es que se tratara de algo que no pudiera saberse. Pero si era algo muy suyo, algo intimo. Nosotros los seres humanos a veces nos empecinamos en embolsillarnos algunas cosas, que parecen no tener importancia alguna más que para su poseedor.

Orlando se lo pensó. Era muy reservado en sus cosas y no tenía ni el mínimo interés en compartirlas con un extraño. Pero no tenía otra opción o así al menos parecía serlo. Tragó de golpe la saliva que permanecía en su boca de manera brusca, tratando de no atragantarse, pero fue en vano, un acceso de tos, hizo que apareciera el nerviosismo de niño.

Una vez recuperado, miró a los ojos del hombre, que estaba atento a que él, comenzara a contar el por qué de su afición.

-Si debo contarle algo tan mío, espero llegue a comprenderlo, si le suena trivial. Dijo Orlando, con aire ofendido -Sino es importante para usted, espero respete lo que le voy a decir…

-Cada navidad, mi madre y yo, solíamos ver una vieja versión cinematográfica del Cuento de Navidad de Dickens. Orlando hizo una pausa: Una vez en una reunión familiar de Pascuas, ella quiso hacer una representación de esa obra, de manera improvisada.

-¡Muy interesante! Irrumpió el viejo.

Isabel, permanecía callada e interesada en escuchar el resto. Orlando, continúo.

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Sevilla VI... "Un Nicolasito Pertusato"

-Sí lo recuerdo perfectamente: Afabilidad, simpatía y delicadeza… ¿Así es… no? Ella sonrió al escucharle.

-Así mismo Orlando… Recuerda que somos amantes de las letras y eso nos hace diferentes a tal punto que a veces nos evadimos de nuestra realidad.

-Pero Isabel, es lo que nos hace distintos y de cierta manera afortunados.

-Sí, que lo somos, seguro que sí.

Pidieron unas cuantas cervezas más que acompañaron de algunas tapas. Transcurrieron tres horas, sin apenas notarlo. Orlando, se levantó de la mesa y miró a través del cristal, cómo queriendo supervisar el exterior. Pero todo estaba tranquilo. Ella le seguía con la mirada. Esperaba que él, diera una señal para ella levantarse tomar su abrigo y salir juntos a la calle de nuevo, y así fue. Caminaron por las estrechas calles, que lucían solas a pesar de ser casi de noche. En medios de esos dédalos ni siquiera notaron cuando se encontraban en el centro de Sevilla.

Un niño perturbaba el sueño del que parecía ser su perro y La Giralda, les servía de testigo.

-¡Un Nicolasito Pertusato cualquiera!... Dijo Isabel, mientras miraba la escena. Orlando, sonrió.

-Es hora que aceptemos la ayuda de nuestro anciano amigo Francisco, ha dicho que tiene algo que puede interesarte. Orlando, recordó aquel ofrecimiento.

Su pasión por las letras una vez más, hacia de las suyas en su mente y cuerpo. Fueron en busca de un viejo hombre que ha cuidado por años, los sótanos de la catedral de Sevilla.

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Sevilla V... "Amor Platónico"

Volvió con dos cervezas y tomó asiento de nuevo. Golpeó con la suya la de ella como gesto de complicidad. Ella, sonrió.

-Perdona Orlando, pero estoy muy nerviosa con esto. ¿Si quieres puedo devolverte el dinero y lo dejamos?

-¡NO, Isabel!... Respondió Orlando tomándole las manos. –Ya lo hemos empezado y quiero ese manuscrito, así sea la última cosa que haga en mi vida.

Ella, le miraba con asombro –cómo se puede ser tan cabezón- pensaba para sí misma. Un chico que parece tenerlo todo y arruinarlo  por un intento en algo que parecía no existir, porque ella no lo había visto, tal y como él dijo.

-Orlando, a lo mejor alguien ya lo ha robado, o puesto en otro lugar y será muy difícil encontrarlo.

-No creo. Respondió enérgicamente él. –Por lo visto ha estado allí desde hace mucho tiempo, porque parte de las hojas continuas estaban manchadas con su tinta.

-¡Querido Orlando! Replico esta vez ella, tomándole de ambas manos. –Esto se ha convertido en una especie de amor platónico del cual no se ha cumplido debidamente sus aspectos, hemos presenciado el ofrecimiento, la aceptación y aún no tenemos la devolución… -Olvídalo de una vez por todas y sigue impartiendo tus clases, que ya son famosas en la escuela de literatura. Isabel, le miraba con cierta ternura.

No creo que ella estuviera enamorada de él –lo digo de corazón- pero si que tenía ese sentimiento de simpatía que a veces es mucho más fuerte que cualquier tipo de amor y mucho más duradero también.

-Así que mi buen Orlando, debemos basarnos en las tres cualidades que hacen que nuestra vida sea mucho mejor, tal y como te lo he dicho en otras oportunidades. Él sonrió.

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Sevilla IV... "Shakespeare u Otelo"

Entraron de nuevo al bar y ella se retiro el abrigo. No dejaba de mirarle con sus profundos ojos verdes que parecían salirse de sus cuencas. La frente sudada y en actitud nerviosa.

-No pude conseguirlo. Dijo –No he podido y parece que me están vigilan. Se sentó bruscamente

-¿No sé porqué he tenido que meterme en esto?

-No digas eso Isabel, soy yo el culpable. Replicó Orlando -He sido yo el de la idea. Quién se ha obsesionado con ese escrito.

-¿Estás seguro que se encontraba dentro del libro de Shakespeare?... ¿En Otelo? Isabel mostraba cierto disgusto.

-¡Sí! Allí mismo, el libro de cubierta de piel marrón oscura ¿Ese?... Orlando dijo, acercándose a través de la mesa su cara a la de ella. No quería que nadie le escuchara

-Pues no estaba allí. He revisado el libro entero y no he visto ninguna hoja suelta escrita a mano, cómo has dicho.

-¡Es extraño!... –No sé por qué no la tomé cuando la tuve en mis manos… - Pensé que habían cámaras o vigilantes y tendría un problema, que no me puedo permitir en estos momentos

-¡No te puedes permitir ningún tipo de problemas. Exclamo Isabel. –Ahora que eres profesor de literatura inglesa en la Universidad… -¡Te despedirían!

-Es cierto, Isabel. Dijo Orlando bajando su cabeza y mientras apretaba ambas manos con fuerza sobre la mesa.

Los dos guardaron silencio. Isabel estaba mucho más tranquila.

-¿Deseas beber algo? Dijo Orlando, levantándose de la mesa.

-Sí, tomaré una cerveza, por favor.

Orlando caminó a la barra y el viejo hombre que llevaba el bar, comentó acerca del mal carácter de la chica con él. Cómo compadeciéndose del mismo. Orlando, no quiso caer en detalles e hizo su pedido.

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Sevilla III... "Ella"

Isabel, no daba muestras de vida –¡se puede ser tan informal!- se decía a sí mismo, mientras miraba a través de la ventana. Ella, debía traer consigo, lo prometido, algo por lo que él, había pagado por adelantado la mitad de su valor. Precio, que no se correspondía realmente con el verdadero; así que tuvo calma. Porque en parte se sentía como un timador. Pero los deseos de poseer aquel viejo escrito, le podían enormemente. Se le ha convertido en una obsesión haberlo encontrado en medio de una vieja biblioteca sevillana, muy cerca del Archivo de Indias. Allí en medio de documentos traspapelados, en su búsqueda de información, se encontraba aquel valioso papel, escrito a mano por ambos lados, que le hizo perder la cordura, una vez lo hubo visto.

Isabel, apareció de la nada o al menos eso le pareció. Estaba allí en medio de la larga Plaza de la Alameda, buscando con sus ojos, dónde encontrar a Orlando. Al verle; él se levantó rápidamente de su asiento y como pudo se arreglo el abrigo y salió en su encuentro. Ella, estaba muy asustada, cuando le vio se apresuró hacía él, y tratando de meterle de nuevo en el bar de dónde había salido, le tomó con fuerza de su brazo y le pidió que caminara apresuradamente. Él, no entendía nada en lo absoluto.

Sevilla: I II

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Sevilla II... "Vivaldi"

Puso sus cascos en las orejas y pensó en disfrutar un poco de su “Sposa son desprezzata”. Esta le trajo recuerdos gratos de su infancia en su barrio londinense de Bloomsbury. Las reuniones a la que su madre le llevaba cada día, luego de la escuela; donde literatos y aprendices, se confabulaban para charlar de sus escritos y sueños. Olor a libros, tabaco y ópera, eran los dueños del lugar. Permanecía sentado con un pequeño libro de Dickens, editado en colores. Que no dejaba nunca a un lado. Le agradaban los dibujos que representaban a Oliver Twist, en sus aventuras. Solía soñar que era él. Le hubiese gustado que su madre le llamara de esa manera y no Orlando, pero su amor al maestro inglés pudo sobre todos los demás apelativos. Luego se daba de espaldas a la multitud y miraba a través del cristal y veía caer la nieve en los inviernos que tanto amaba y allí con cada copo su imaginación echaba a volar. Nunca lo había retratado en ninguno de sus cuentos publicados. Era algo que guardaba dentro de sí. Era de esos simples secretos que no queremos compartir con nadie, por lo hermoso que nos parece.

Estaba abstraído de todo. Aquellos años fueron los mejores. Luego de regreso a casa, ya casi de noche. Su madre repetía siempre que le gustaría que él fuera como sus amigos.

-Orlando, es importante que leas mucho y explores dentro de los grandes de las letras Solía hablar de una manera extraña, cuando salíamos de aquel lugar. Usaba un vocabulario que a veces no entendía; pero que ella luego explicaba con exactitud. Extraño ser. Una mujer obrera de fábrica que sólo asistió a la primaria y un poco más.

Una vez en casa, le premiaba con una taza de chocolate caliente y algunas creps rellenas de mermeladas con queso, hechas por ella misma –él se sentía feliz- después unos sonetos de Shakespeare antes de dormir. Con su dulce voz, esmerada con ahínco en la perfecta pronunciación.

Sufría de esas largas ausencias llenas de remembranzas con una facilidad exquisita para evocar viejos tiempos. Muchos le habían tildado de solipsismo, pero no era así. Tan sólo se dedicaba a evocar en sus pensamientos viejos escritos de grandes literatos, como un simple ejercicio de memoria.

Sevilla: I

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Sevilla I... "La Cita"

A: Javier, Sandra, Alex, Pili, Miguel, Curro, Luisa y Mónica, por haberme hecho pasar una de las mejores navidades de mi vida. Besos y abrazos. Antonio


A él no le importó que ella no asistiera a la cita. Eran las cuatro de la tarde y el frío castigaba todo lo que se encontraba a su paso en La Alameda. Su plaza pintada de amarillo hasta más no poder, no dejaba indiferente a nadie.

Se sentía intruso en un mundo muy lejano al suyo. Tomó asiento en una pequeña columna que hace margen a la calle transitada por coches y bicicletas que iban de un lado a otro. Se frotó las manos. Las tenía congeladas, al igual que sus orejas. Quería espabilar el sentimiento que empezaba a apoderarse de su ser. Una vez más una cita infructuosa, una vez más una pequeña decepción, porque a ella creía conocerle mejor. Pero nunca se termina de conocer a la gente del todo. Estamos condenados a esperar siempre una sorpresa y no de las mejores.

Era un problema de cuna. Le llamaba así, porque fue su madre quien le enseño a creer en las personas. Esto tal vez, le había complicado las cosas en la vida. Creaba expectativas que luego no se cumplirían la mayoría de las veces. Lo había tratado de compensar con la pérdida de su “capacidad de asombro”. Había conseguido grandes logros en ello. Se dijo a sí mismo que solo lo bueno e impredeciblemente benigno causarían en él, tal admiración.

Se calmó un poco y decidió no ser “tan existencial” ésta vez. Se dirigió a un pequeño bar de tapas, donde tuviera buena vista del lugar acordado. Ya han trascurrido treinta minutos y ella, no da visos de vida alguna.

Isabel, una estudiante nacida en un pueblo de Huelva, cercano a Sevilla, era la encargada de encontrarse con él. Traería consigo el encargo que esperaba con tanto entusiasmo. Será en otra oportunidad. Se dijo para sus adentros. Bebió de su cerveza y mordió un trozo de pan y jamón que el encargado había puesto junto con la bebida. Le reconfortó el sabor de ambas cosas. Se sintió extranjero pero en casa. Cargo con su bebida y comida y tomó asiento en una pequeña mesa junto a la ventana.

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