La Coctelera

Categoría: Música

Sevilla II... "Vivaldi"

Puso sus cascos en las orejas y pensó en disfrutar un poco de su “Sposa son desprezzata”. Esta le trajo recuerdos gratos de su infancia en su barrio londinense de Bloomsbury. Las reuniones a la que su madre le llevaba cada día, luego de la escuela; donde literatos y aprendices, se confabulaban para charlar de sus escritos y sueños. Olor a libros, tabaco y ópera, eran los dueños del lugar. Permanecía sentado con un pequeño libro de Dickens, editado en colores. Que no dejaba nunca a un lado. Le agradaban los dibujos que representaban a Oliver Twist, en sus aventuras. Solía soñar que era él. Le hubiese gustado que su madre le llamara de esa manera y no Orlando, pero su amor al maestro inglés pudo sobre todos los demás apelativos. Luego se daba de espaldas a la multitud y miraba a través del cristal y veía caer la nieve en los inviernos que tanto amaba y allí con cada copo su imaginación echaba a volar. Nunca lo había retratado en ninguno de sus cuentos publicados. Era algo que guardaba dentro de sí. Era de esos simples secretos que no queremos compartir con nadie, por lo hermoso que nos parece.

Estaba abstraído de todo. Aquellos años fueron los mejores. Luego de regreso a casa, ya casi de noche. Su madre repetía siempre que le gustaría que él fuera como sus amigos.

-Orlando, es importante que leas mucho y explores dentro de los grandes de las letras Solía hablar de una manera extraña, cuando salíamos de aquel lugar. Usaba un vocabulario que a veces no entendía; pero que ella luego explicaba con exactitud. Extraño ser. Una mujer obrera de fábrica que sólo asistió a la primaria y un poco más.

Una vez en casa, le premiaba con una taza de chocolate caliente y algunas creps rellenas de mermeladas con queso, hechas por ella misma –él se sentía feliz- después unos sonetos de Shakespeare antes de dormir. Con su dulce voz, esmerada con ahínco en la perfecta pronunciación.

Sufría de esas largas ausencias llenas de remembranzas con una facilidad exquisita para evocar viejos tiempos. Muchos le habían tildado de solipsismo, pero no era así. Tan sólo se dedicaba a evocar en sus pensamientos viejos escritos de grandes literatos, como un simple ejercicio de memoria.

Sevilla: I

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Sevilla I... "La Cita"

A: Javier, Sandra, Alex, Pili, Miguel, Curro, Luisa y Mónica, por haberme hecho pasar una de las mejores navidades de mi vida. Besos y abrazos. Antonio


A él no le importó que ella no asistiera a la cita. Eran las cuatro de la tarde y el frío castigaba todo lo que se encontraba a su paso en La Alameda. Su plaza pintada de amarillo hasta más no poder, no dejaba indiferente a nadie.

Se sentía intruso en un mundo muy lejano al suyo. Tomó asiento en una pequeña columna que hace margen a la calle transitada por coches y bicicletas que iban de un lado a otro. Se frotó las manos. Las tenía congeladas, al igual que sus orejas. Quería espabilar el sentimiento que empezaba a apoderarse de su ser. Una vez más una cita infructuosa, una vez más una pequeña decepción, porque a ella creía conocerle mejor. Pero nunca se termina de conocer a la gente del todo. Estamos condenados a esperar siempre una sorpresa y no de las mejores.

Era un problema de cuna. Le llamaba así, porque fue su madre quien le enseño a creer en las personas. Esto tal vez, le había complicado las cosas en la vida. Creaba expectativas que luego no se cumplirían la mayoría de las veces. Lo había tratado de compensar con la pérdida de su “capacidad de asombro”. Había conseguido grandes logros en ello. Se dijo a sí mismo que solo lo bueno e impredeciblemente benigno causarían en él, tal admiración.

Se calmó un poco y decidió no ser “tan existencial” ésta vez. Se dirigió a un pequeño bar de tapas, donde tuviera buena vista del lugar acordado. Ya han trascurrido treinta minutos y ella, no da visos de vida alguna.

Isabel, una estudiante nacida en un pueblo de Huelva, cercano a Sevilla, era la encargada de encontrarse con él. Traería consigo el encargo que esperaba con tanto entusiasmo. Será en otra oportunidad. Se dijo para sus adentros. Bebió de su cerveza y mordió un trozo de pan y jamón que el encargado había puesto junto con la bebida. Le reconfortó el sabor de ambas cosas. Se sintió extranjero pero en casa. Cargo con su bebida y comida y tomó asiento en una pequeña mesa junto a la ventana.

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Praga IX… “La Música”

Sintió uno de esos arrebatos internos en los que todo se revuelve en el espíritu. Unos niños jugaban de un lado a otro, sin que sus padres hicieran algo por impedirlo. Un coche, que parecía ser de uso oficial, subió la cuesta, mucho más veloz de lo que debería ser. Nada paso. Ya sus días en Praga, llegaban a su final y aquel sentimiento era el mismo de siempre; no sabía, si algún día sería lo que tanto anhelaba –tal vez no, pensó- era una tarea muy ardua, decir o contar al mundo su verdad. Si era un escritor, de lo que llaman ficción, crearía obras adecuadas a ciertas situaciones, complacería un público que gusta de esas historias. Pero, si se dedicará a escribir acerca de la verdad cotidiana y a criticar la forma cómo la vida y el sistema nos manejan, sería un existencial en potencia y esto no es del agrado de muchas personas.

Caminaba, mientras se encontraba sumergido en sus pensamientos. Perdía la noción de dónde y por qué estaba en cualquier sitio. Siempre le sucedía de pequeño, eran una especie de ausencia, que le llevaban a mundos superiores y literarios, una especie de comunión con su SER, dónde no era esclavo de criticas, ni asuntos terrenales. Dónde sólo el placer por la palabra era un TODO, donde una vez pasada la emoción, casi todo quedaba olvidado y sin registro alguno para poder compartirlo con el mundo. Dónde la hipocresía de las letras, no tenía cabida. Ese era el estado más preciado por su ser. El que le guió a ser lo que era. Un joven rebelde, con una mochila a sus hombros, unos cuantos libros dentro de ella y una chaqueta color marrón con muchos años encima. Estaba solo, se sentía libre, en la cima de Praga, como si el mismo Kafka le hubiese poseído, como si su héroe navegara en su mente. Lo tenía, el nombre y los hechos, todo lo había conseguido y se sintió feliz de ser él mismo y dueño de su futuro.

Así, sin detenerse en detalles fue a los jardines del Gran Castillo y comenzó a sentir como la lluvia empapaba su rostro, lleno de pecas y manchas de sol, que se habían hecho a lo largo de los grandes paseos con su padre por los bosques Irlandeses. Hasta le pareció sentir el sonido del mar y su esplendor bajo los días de invierno. Era feliz, necesitaba decirlo, era esa especie de aura, hermosa, única, que lo hacía despejarse de toda su tristeza, su Crimen y Castigo, su maestro interno, que dictaba miles de palabras En su mente y que no le importaba perder al no escribirlas de manera inmediata, era el éxtasis literario.

Corrió hacía una especie de pequeño refugio estilo neoclásico, desde dónde los rayos podían verse sobre la ciudad al paso de la tempestad. Se detuvo allí, con una sonrisa en los labios, tal vez la mejor que nunca había tenido.

Fue cuando su mirada cruzó con la Julie, que huía también de la lluvia. Solo él y ella, los demás fueron a las puertas laterales de los jardines. Allí con una pequeña brisa que humedecía el aire. Él, levanto su cabeza luego de sacudir el agua de su ropa y dijo:

-Hola, ¡Vaya tormenta que cae!

Ella respondió:

-Hola, es cierto. He visto peores…

Hernann, dejo caer el audífono de su oreja derecha, cuando venía la siguiente canción

FIN.

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Praga IX… “Los Amigos”

La pendiente empedrada de estrechas aceras comenzaba a estar resbalosa por las primeras gotas de lluvia. Hernann, miró a su alrededor, las mismas tiendas de recuerdos que nuestra Julie, había visto anteriormente. Llegó a lo que es la división de la calle empinada, se desvió hacía su derecha para continuar un pequeño trozo de cuesta que le llevaría hasta el Castillo de la ciudad.

Allí en medio de aquella pequeña cima, se levanta un pequeño barrio llamado Hradcany, que rodea la fortaleza y que fue habitación para ciertos elegidos. Kafka, vivió en una de sus casas. Pintadas de colores vivos que alegran el sombrío aire que posee la ciudad; en ciertas ocasiones.

Pensó en sus escritos y en la esperanza de poder ser un día valorado por ello. En sus amigos, algunos dejaron su tarea a medias, otros se hicieron de una pareja y pasaron de todo a su alrededor, como si nada más importará –un gran error-, pero que pocos saben ver a tiempo. Sintió tristeza por su admirado David Foster, su suicidio, era algo imperdonable para quienes le admiraban –pensó-, pero creo que él, al igual que su amigo Thomas, no podían soportar ciertas cosas del día a día y con los que no podían vivir y eligieron como única salida: La muerte. Dejando a media su obra y privándonos de poder leer lo mejor de ellos.

Apenas la ciudad le mostró sus cúpulas de bronce, se detuvo. Su respiración acelerada y el sudor de su frente, le hicieron tomar un descanso y disfrutar de lo que sus ojos veían. Estaba solo, se sentía solo. Pero con cierto sentimiento de tranquilidad y madurez.

Un hombre viejo, hacía del deleite de los presentes, con unas notas en su viejo violín. La gente dejaba algunas monedas en su sombrero; él emocionado producía sonidos cada vez más agudos y especiales. Le miró por un rato, y le saludó con cierta reverencia y felicitándole por su éxito con los turistas. El hombre, tan sólo le devolvió una mirada, mientras mantenía apoyada su mejilla en el viejo instrumento.

Se ajustó el morral en su hombro derecho, puso de nuevo los audífonos en sus oídos. A unos pasos estaba la cima donde se encontraba el famoso castillo, considerado la mayor fortaleza medieval del mundo.

Praga: I II III IV V VI VII VIII

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Tom Brand VIII…

-¡Seguro que ahora todos los libros suyos serán vendidos, y las librerías no darán a basto en sus ventas! Dijo Tom, con cierta rabia y dolor -¿Es decir, que uno debe morir de manera trágica y así consigue ser reconocido?, cualquier tragedia shakesperiana, es mejor que esta vida

María, estaba de píe frente a la pequeña cocina y le oía atentamente mientras gesticulaba con su cara.

-Querido Tom, esta sociedad ha aprendido a moverse con una serie de valores, los cuales son su propia destrucción. Dijo María, mientras untaba con nata unos trozos de pan –Las oportunidades son cada vez más escasas y las pocas que existen, sólo las puedes lograr, si no posees ciertos valores –que a casi nadie importan- todo lo contrario si posees belleza física y algo de “talento”, ya pareces tener una oportunidad y ser tomado en cuenta. María, continuo –Sino, la televisión no estuviera llena de tanto reallity; la juventud, desea obtener de la manera más fácil, lo que costó esfuerzo y auténtico talento a pasadas generaciones y esta perdida de valores y el amor al hedonismo, son su infortunio. Culminó María, con cierto ofuscamiento

-¡Lo sé! Respondió Tom –Me he esmerado con aprender de todas las situaciones de mi vida, y de quienes me rodean, de mis padres cuando los tuve, de ti, de mi profesor David. Tom, respondía de manera enérgica, mientras que caminaba de un lado a otro en el pequeño salón. En oportunidades, parecía que fuera a tropezar con la pequeña mesa que se encontraba en el centro.

-¡Tom, trata de serenarte! Replicó María, mientras colocaba el plato con panes y algo de mermelada, continuó mientras iba por más bebida –Eres afortunado, ¡Si que lo eres!, has tomado lo mejor de tus vivencias y en eso se basa tu ópera prima, creo que con ese estilo fresco y novedoso, podrás lograr llamar la atención de los críticos. María, volvía con la jarra de té.

Tom, vio que ella releía a Virginia Wolf y sonrió al saberlo.

-Señora Dalloway, tiene usted razón en parte, siempre tan acertada, pero la vida es otra cosa. Tom hizo un gesto de reverencia

-Tom, siéntate y come algo, te hará bien descansar un poco. Dijo María, mientras se sentaba a su vera.

Tom Brand: I II III IV V VI VII

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Tom Brand VI…


"Los Estados Unidos son un buen lugar para vivir. La economía es muy potente, y el país nada en la abundancia. Y sin embargo, a pesar de todo eso, entre la gente de mi edad, incluso los que pertenecemos a una clase acomodada que no ha sido víctima de ningún tipo de discriminación, hay una sensación de malestar, una tristeza y una desconexión muy profundas” Entrevista a David Foster Wallace por Eduardo Lago “El País”.

-Estira el brazo. Dijo el médico, mientras procedía a colocar la inmovilización. Hizo algunas maniobras antes de ponerlo definitivamente. Tom, limpió algunas lágrimas. El médico pensó, que le dolía, pero no hizo preguntas.

Una vez terminado, le dio las indicaciones y algunas recetas con medicamentos para el dolor.

-Ya puedes irte. Dijo amablemente.

Tom, le dio las gracias y buscó la salida de la sala de urgencias. No había mucha gente; tal vez se debía a la hora.

Una vez en la calle, con el cabestrillo que sujetaba su brazo afectado, busco con la mirada si había un taxi por los alrededores. Caminó de un lado a otro por la misma acera en su espera. Vio a lo lejos que uno se acercaba. Hizo señas con su mano izquierda, para que se detuviera. El coche se detuvo. Tom, subió lo más rápido posible y le indicó la dirección de su casa. Está vez el viaje, no fue tan largo. Pasó por el puente, desde donde podía ver parte de la ciudad. En el río algunos pequeños barcos jugaban a atravesarlo. Entre calle y calle, y árbol y árbol, ya habían llegado a su pequeño edificio. Pago sin más y se bajó del coche.

Buscó entre sus pantalones la llave, su bolso se lo impedía y lo dejo caer al suelo, mientras buscaba. Una vez conseguido, abrió la puerta y comenzó a subir los escalones de siempre.

Al llegar al portal de María, se detuvo. Necesitaba contarle a alguien lo que había pasado. Llamó a su puerta, con el pequeño timbre. Espero unos segundos y María, apareció en la puerta.

Era una mujer de ojos grandes, a pesar que sus caídos y tristes parpados se empeñarán en apagarlos. El cabello gris llevado completamente hacía atrás, sujetado con un moño en su nuca, le despejaba su vieja cara. Que dejaba ver la belleza que una vez tuvo en sus años mozos.

-¿Qué ha pasado Tom? Dijo asustada -¡Por favor pasa y me lo cuentas! –Espera que te preparo una bebida caliente -¿Has comido? Fueron muchas preguntas a la vez, estaba realmente asustada.

Tom, se había convertido en su pequeña familia, e igual lo era ella para él.

Su pequeño piso, algo más grande que el de Tom, era totalmente femenil. Todo en su sitio, con cierto aire de reminiscencia antañona, pero muy agradable a los sentidos.

-Querido Tom, tomate éste té caliente con miel, te reconfortará. Dijo Maria, mientras acercaba a Tom, la taza blanca con su cálida bebida.

Tom Brand: I II III IV V

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Tom Brand V…

Como pudo se levantó del suelo, y caminó hacia la calle más cercana, allí consiguió rápidamente –para su suerte- un taxi que acaba de dejar unos pasajeros. Le pidió al chofer, que era un hombre extranjero de unos 30 años, que lo llevara pronto al hospital. Le contó brevemente lo que había sucedido. El hombre se tomó la molestia de darle algunos consejos. Tom, ni siquiera se percató de ello. Miraba a través de la ventana posterior del coche. Pensaba en sus padres y cuanto les echaba de menos, otra vez, esa extraña sensación de encontrarse desamparado le volvió a invadir. Era algo que no podía permitirse. Su vida dependía de su actitud ante ella. El trayecto transcurrió brevemente.

Habían llegado frente al hospital, extrajo como pudo el dinero de su mochila y canceló la cuenta. Le dio las gracias y se adentro en las urgencias.

Poca gente llenaba la sala. Una enfermera que pasaba por allí y parecía llevar el control de las consultas, le preguntó, qué le había sucedido. El, narró lo sucedido, ella misma adelantó el trabajo del médico, solicitando una radiografía del brazo de Tom; siguió sus indicaciones y fue a la sala que ella misma le indicó. Al rato, radiografía en mano, estaba de regreso a la sala; luego fue pasado para ser atendido por el médico de guardia. Historia en mano, leyó de qué se trataba. Al ver la radiografía, supo inmediatamente que había que colocar una escayola. Tom, se sintió mal nuevamente –de ánimo- más que de cuerpo. Allí sentado en una especie de camilla, dirigió su mirada a una televisión que colgaba en una de las paredes de la pequeña sala.

Una mujer daba las noticias, cuando vio y escuchó lo siguiente: “El famoso escritor y catedrático David Foster Wallace, fue encontrado muerto por su esposa en su residencia, los hechos sucedieron la noche pasada, cuando el literato decidió quitarse la vida, ahorcándose en uno de los salones de su casa; a los 46 años, es una perdida lamentable para el mundo de las letras

Tom, con lágrimas en sus ojos, no podía creer lo que estaba viendo… El doctor tenía lista la escayola para colocarla en su brazo derecho.

Tom Brand: I II III IV

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Tom Brand IV…

Sus pensamientos parecían no detenerse -ya sé, que a todos nos pasa- pero Tom, tiene una particularidad especial, estaba por el detalle, por la búsqueda de lo real -qué si la luz cubre de aquella manera; que la forma como el viento golpea su cara y pare de contar- todo por lograr el más fiable parecido a la realidad y adornarlo con detalles de ficción que su cabeza inquieta hallaba en su imaginación.

Por tener su mente en otro lado, a veces se perdía de los detalles interesantes que tiene la vida misma en lo personal y esa fue la razón, por la que no vio, cuando una madre se cruzaba en su camino con su pequeño niño muy cerca de la escuela, que estaba a mitad de camino. Tuvo que girar rápidamente y perdió el control de la bicicleta, cayendo al suelo estrepitosamente. Todo, incluido su bolso a cuestas fue a parar lejos de él. Sintió un fuerte dolor en su brazo derecho. Cuando intentó incorporarse el daño en el brazo, no se lo permitió. La madre que aún estaba asustada con su chiquillo en brazos, le miraba con asombro y rabia, pero al caer en cuenta que Tom, se encontraba mal, se acercó deprisa para ver qué le sucedía.

-¿Estás bien, se ha hecho daño?

-¡Es mi brazo, me duele una barbaridad, no puedo moverlo! Dijo Tom, conteniendo el llanto. –Duele un montón, creo que me he lesionado

-¿Quiere que llame a una ambulancia? Dijo la mujer –No puedo llevarle al hospital ahora, lo siento, pero si usted quiere puedo llamar a al ambulancia. Repitió nuevamente.

-¡No!... Ya me las arreglo sólo, puedo acercarme al hospital, esta muy cerca de aquí, puedo ir en un taxi.

-Permítame ayudarle con la bicicleta, si me deja el seguro, podré atarla aquí y así no la perderás. Insistió la mujer.

La mujer que debía tener unos 36 años, había dejado a su niño en el suelo y tomó la bicicleta para colocarla en un pequeño andamio fijo que estaba frente a la escuela.

-Nadie te la cojera de aquí, ha quedado bien segura. Dijo, mientras que le miraba. –¿Quiere que llame a una ambulancia?

-No gracias, tomaré un taxi e iré al hospital. Dijo Tom, con semblante dolido –Todo estará bien, no se preocupe.

Tom Brand: I II III

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