Puso sus cascos en las orejas y pensó en disfrutar un poco de su “Sposa son desprezzata”. Esta le trajo recuerdos gratos de su infancia en su barrio londinense de Bloomsbury. Las reuniones a la que su madre le llevaba cada día, luego de la escuela; donde literatos y aprendices, se confabulaban para charlar de sus escritos y sueños. Olor a libros, tabaco y ópera, eran los dueños del lugar. Permanecía sentado con un pequeño libro de Dickens, editado en colores. Que no dejaba nunca a un lado. Le agradaban los dibujos que representaban a Oliver Twist, en sus aventuras. Solía soñar que era él. Le hubiese gustado que su madre le llamara de esa manera y no Orlando, pero su amor al maestro inglés pudo sobre todos los demás apelativos. Luego se daba de espaldas a la multitud y miraba a través del cristal y veía caer la nieve en los inviernos que tanto amaba y allí con cada copo su imaginación echaba a volar. Nunca lo había retratado en ninguno de sus cuentos publicados. Era algo que guardaba dentro de sí. Era de esos simples secretos que no queremos compartir con nadie, por lo hermoso que nos parece.
Estaba abstraído de todo. Aquellos años fueron los mejores. Luego de regreso a casa, ya casi de noche. Su madre repetía siempre que le gustaría que él fuera como sus amigos.
-Orlando, es importante que leas mucho y explores dentro de los grandes de las letras Solía hablar de una manera extraña, cuando salíamos de aquel lugar. Usaba un vocabulario que a veces no entendía; pero que ella luego explicaba con exactitud. Extraño ser. Una mujer obrera de fábrica que sólo asistió a la primaria y un poco más.
Una vez en casa, le premiaba con una taza de chocolate caliente y algunas creps rellenas de mermeladas con queso, hechas por ella misma –él se sentía feliz- después unos sonetos de Shakespeare antes de dormir. Con su dulce voz, esmerada con ahínco en la perfecta pronunciación.
Sufría de esas largas ausencias llenas de remembranzas con una facilidad exquisita para evocar viejos tiempos. Muchos le habían tildado de solipsismo, pero no era así. Tan sólo se dedicaba a evocar en sus pensamientos viejos escritos de grandes literatos, como un simple ejercicio de memoria.
Sevilla: I
A él no le importó que ella no asistiera a la cita. Eran las cuatro de la tarde y el frío castigaba todo lo que se encontraba a su paso en La Alameda. Su plaza pintada de amarillo hasta más no poder, no dejaba indiferente a nadie.
Se calmó un poco y decidió no ser “tan existencial” ésta vez. Se dirigió a un pequeño bar de tapas, donde tuviera buena vista del lugar acordado. Ya han trascurrido treinta minutos y ella, no da visos de vida alguna.
Sintió uno de esos arrebatos internos en los que todo se revuelve en el espíritu. Unos niños jugaban de un lado a otro, sin que sus padres hicieran algo por impedirlo. Un coche, que parecía ser de uso oficial, subió la cuesta, mucho más veloz de lo que debería ser. Nada paso. Ya sus días en Praga, llegaban a su final y aquel sentimiento era el mismo de siempre; no sabía, si algún día sería lo que tanto anhelaba –tal vez no, pensó- era una tarea muy ardua, decir o contar al mundo su verdad. Si era un escritor, de lo que llaman ficción, crearía obras adecuadas a ciertas situaciones, complacería un público que gusta de esas historias. Pero, si se dedicará a escribir acerca de la verdad cotidiana y a criticar la forma cómo la vida y el sistema nos manejan, sería un existencial en potencia y esto no es del agrado de muchas personas.
La pendiente empedrada de estrechas aceras comenzaba a estar resbalosa por las primeras gotas de lluvia. Hernann, miró a su alrededor, las mismas tiendas de recuerdos que nuestra Julie, había visto anteriormente. Llegó a lo que es la división de la calle empinada, se desvió hacía su derecha para continuar un pequeño trozo de cuesta que le llevaría hasta el Castillo de la ciudad.
-¡Seguro que ahora todos los libros suyos serán vendidos, y las librerías no darán a basto en sus ventas! Dijo Tom, con cierta rabia y dolor -¿Es decir, que uno debe morir de manera trágica y así consigue ser reconocido?, cualquier tragedia shakesperiana, es mejor que esta vida
-Estira el brazo. Dijo el médico, mientras procedía a colocar la inmovilización. Hizo algunas maniobras antes de ponerlo definitivamente. Tom, limpió algunas lágrimas. El médico pensó, que le dolía, pero no hizo preguntas.
Como pudo se levantó del suelo, y caminó hacia la calle más cercana, allí consiguió rápidamente –para su suerte- un taxi que acaba de dejar unos pasajeros. Le pidió al chofer, que era un hombre extranjero de unos 30 años, que lo llevara pronto al hospital. Le contó brevemente lo que había sucedido. El hombre se tomó la molestia de darle algunos consejos. Tom, ni siquiera se percató de ello. Miraba a través de la ventana posterior del coche. Pensaba en sus padres y cuanto les echaba de menos, otra vez, esa extraña sensación de encontrarse desamparado le volvió a invadir. Era algo que no podía permitirse. Su vida dependía de su actitud ante ella. El trayecto transcurrió brevemente.
Sus pensamientos parecían no detenerse -ya sé, que a todos nos pasa- pero Tom, tiene una particularidad especial, estaba por el detalle, por la búsqueda de lo real -qué si la luz cubre de aquella manera; que la forma como el viento golpea su cara y pare de contar- todo por lograr el más fiable parecido a la realidad y adornarlo con detalles de ficción que su cabeza inquieta hallaba en su imaginación.