Unas gotas de agua comenzaron a golpear los cristales de las dos ventanas delanteras del salón. Flora se encontraba recostada cómodamente en el hombro derecho de Mario –nada parecía molestarles-. Ambos con la mirada perdida y algo borrachos de amor y licor; preferían guardar silencio –este, suele ser el mejor aliado para los amantes-. Ninguno supo cuánto tiempo transcurrió, Flora permaneció abrazada fuertemente a él, en una especie de éxtasis sin fin; sentía temor que un sentimiento de tal magnitud le embargará; era sin duda, una sensación peligrosa, para alguien que controla muy bien las situaciones.

Tal vez simplemente se trataba del temor que sentimos al saber que un breve episodio de felicidad, llega a su fin. Mario, le cobijaba con su abrazo, mantenía su nariz en la cabellera de Flora; de esta manera fijó para siempre en su memoria el olor de su cabello.

Él sabía perfectamente que el amor no había sido el mejor de los aspectos en su vida; aún así podía sentirse afortunado; varias de las mujeres con quien había compartido momentos; habían visto en él, una extraño “feeling” que poseen las personas esencialmente especiales, en el buen sentido de la palabra.

Eran las 17 horas de un día que volvía a tornarse lluvioso; las flores que adornaban el jardín de la entrada –algunas sobrevivían al otoño- Bailaban al ritmo del viento; empapadas por la gélida lluvia.

Flora mantenía su mirada perdida fija en una rosa roja; alcanzaba a verle casi en su totalidad; estaba a la sombra de unos los pinos –este le proporcionaba la protección, que necesitaba para seguir sobreviviendo a esa dura estación- Observaba como el viento le batía de un lado a otro; pero ella allí húmeda y de un intenso color rojo, parecía no impórtale para nada, los malos tratos de la intemperie.

El olor a tierra fresca, unido al de las hierbas inundó la casa, casi por completo. Era una paz difícil de describir; solo al vivirla sabes perfectamente, cómo es.

- Podría quedarme así toda la vida –dijo Mario con palabras entrecortadas-

Flora sin inmutarse, continuaba mirando hacía afuera; embargada de melancolía; pero prefirió, no pronunciar palabra alguna.

La manta solo cubría su vientre y glúteos, dejando al descubierto la otra totalidad de su cuerpo.

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