Le conocí hace tres años; fue en El Paseo de los Próceres; es una especie de boulevard a la entrada de Caracas; allí la gente va a pasar la tarde, montar bicicletas, hablar, caminar y por supuesto pasear a sus amigos caninos; debían andar unos cuantos kilómetros, esquivando vehículos, motos, gente, ya saben mi tamaño algunas veces me sirve de mucho, como en esta ocasión.

Cerca de mi casa hay una entrada de metro con el nombre “Bellas Artes” –recuerdan lo del teatro y los museos de la zona- Pues creo que a eso se debe el nombre de la estación; allí es imposible viajar, ya que no se permiten la entrada de perros en el mismo; así que no puedo utilizarlo, cosa que por la que debo recurrir a mis pequeñas y fuertes patas, que me llevan de un sitio a otro. Una cosa que he aprendido, es que debo ir al ritmo de la gente al cruzar una calle, no lo hago cuando ningún humano tampoco lo hace –salvo en algunas oportunidades- De esta forma metido en medio de tantas piernas camino seguro y poco a poco llego al destino que desee.

Al inicio les hablaba de un romance fugaz que tuve, creo que fue amor a primera vista –me han dicho que este señor que escribe, habla mucho del mismo en sus historias- Pues esta vez, si que lo era; yo había llegado a eso de las 14 horas y estuve merodeando por la zona, habían muchas parejas de enamorados de todo tipo, que se daban un momento de solaz en un día que parecía algo ajetreado; hasta conseguí una buena comida que me dejo un obrero, al cual su esposa le había traído suficiente; ellos parecían felices de verse en esta especie de “intermezzo laboral” –he aprendido algunas palabras en italiano que me gusta usar- Y allí sentados en el césped, se mostraban felices a todos; yo llegue con mis ladridos y mi pequeño movimiento de cola ¡Ya estaba conseguido!, el hombre comenzó a lanzarme trozos de su almuerzo, me fui acercando más y más y al rato estos ya acariciaban mi cabeza –estaba feliz- Me gusta saber que hay gente amable en el mundo. Esto quedo allí, llegue a pensar en que me adoptarían, pero se marcharon sin más.

Parte de la tarde la pase debajo de un árbol descansado y viendo la vida pasar; cuando de pronto, apareció esa bella imagen de las que intentaba hablar al inicio; era una perrita blanca, su pelo esponjoso, la envolvía en una especie de pelusa gigante; era de mi tamaño y le habían llevado a pasear un poco, me acerque a ella y no tuve pretexto en saludarle; me contó que no era de Caracas, que estaba de visita por una especie de tramites que debía cumplir para poder viajar, su amo, vendría a buscarle pronto y ella se iría a vivir a otro país –era una lastima, me hubiera casado con ella- Su dueño le dejo bajo el cuidado de amigos, porque él vivía en Europa y estaba ansioso por buscarle.

Ella le extrañaba como es debido –debe ser un buen amo- Se sentía algo atolondrada con tanto viaje de un lado a otro y faltaba aún el más largo.
Jugamos un poco en la arena y ladrábamos un montón; luego le llamaron, debía regresar, me quedé parado allí viéndole como marchaba. Es una lastima que nosotros no podamos escribirnos como lo hacen los humanos, hubiera sido una bella forma de estar cerca de ella.

Esa tarde regresé a mi hogar; se había hecho tarde, ya las luces de la ciudad llenaban todo a su alrededor, las colas, la gente, todo era un trajín de nunca acabar; para mi no tanto, me sentía feliz y triste a la vez por haberle conocido y estar a su lado; unos minutos, que transcurrieron muy rápido...

Caracas: I II