El joven francés fue muy simpático desde el principio –Ana y Mario tenían una predisposición de empatía con este tipo de gente- me refiero a escritores jóvenes, con aire revolucionario y vanguardista con la naturaleza humana.

Manolo había elegido la música, lo que permitía que los asistentes pudiesen hablar sin ser interrumpidos, ni subir sus tonos de voz. El anfitrión iba de un lado a otro haciendo comentarios llenos de gracia a los presentes; hablaba de su soltería casi célibe; algo irónico debido a su grato aspecto físico y riqueza intelectual –esto último cada vez interesa menos en el mundo actual- así están las cosas.

Ana y Mario, sufrían una especie de subyugo a los encantos de Thierry, hablaba de sus inicios como escritor aficionado en un pequeño blog al que dedicaba muchas horas –luchando con el reproche de sus padres- que siempre comentaban, lo mal pagados que están los literatos hoy día y que sería mejor que él se inclinará por una carrera más noble como la medicina –como si la primera no incluyera una nobleza extrema y esencial-. Sus días en La Sorbonne fueron duros, no podía costearse los pagos en tan reconocida universidad, por lo que escribía algunos artículos en el periódico de la universidad, que llegaron a ser tan buenos que Le Figaro, le dio una oportunidad como columnista y allí la gente aprendió a reconocer su nombre.

Ana se retiro un momento haciendo un guiño a Thierry –una especie de ruego, no quería perder detalle alguno- a lo que él accedió.

- ¿Deseáis que os traiga algo de la mesa?

Ambos contestaron al unísono, Mario continuo con sus vodkas y Thierry prefirió algo de Champán francés –le había regalado una caja de Moët & Chandon a Manolo para la ocasión- ella con una reverencia se apresuró en su búsqueda.

- Tienes una bella compañera –Dijo Thierry mirando directamente a los ojos a Mario-

- Así es, es una chica encantadora –Mario le respondió con el mismo gesto en sus ojos

- ¿Qué diría el maduro enmascarado si supiera que su joven amante anda con una chica?
Ambos rieron, Mario respondió rápidamente

- Lo que no sabe él, es que su joven amante es benevolente cuando se trata de amor y es capaz de complacer varios géneros a la vez

- Muy interesante respuesta. Thierry, sonrió con cierta lascivia

- Aquí estoy - ¿Me he perdido de algo? Pregunto Ana de manera casi estoica.

- De nada Madame. Dijo Thierry haciendo una reverencia con su mano derecha e inclinándose ante ella. – Es muy amable. Dijo al recibir la copa que ella traía entre sus manos.

Manolo interrumpió la reunión para anunciar un viejo juego que consistía en tomar un libro al azar y con los ojos cerrados poner el dedo índice sobre una frase y leerla posteriormente; era una especie de método de adivinación muy antiguo, que según él, era muy acertado prediciendo el destino del que quisiera atreverse.

Mario fue el primero en aceptar el reto –todos aplaudieron discretamente su valentía- a querer compartir su suerte con los presentes, la frase debía ser leída en voz alta delante de todos para completar el ritual. Manolo vendó sus ojos y le puso frente a una gran biblioteca que ocupaba por entero la pared, le guió tomándole por los hombros y dijo

- Aquí tenéis mi mayor tesoro, escoged uno al azar y lo demás ya sabes como hacerlo

Ana, tomó la mano de Thierry –como si se tratase de una sentencia de muerte- Mario, mostrando su talento frente a las nuevas situaciones en la vida, estiró ambas manos y las paso por encima de los lomos de los libros –todos estaban perfectamente alineados- se detuvo en uno y lo extrajo con cuidado. Manolo debía leer el titulo; antes que él, seleccionará al azar dónde abrirlo y colocar su dedo.

- ¡El Mercader de Venecia! Del adorable maestro William Shakespeare. Manolo miro a los presentes, manteniendo el libro entre sus manos.

A continuación lo puso entre las manos de Mario, quién debía ahora continuar con lo que parecía una ceremonia. Este lo abrió de manera casi inmediata y puso su dedo; Le fue retirada la venda de sus ojos. Mario pudo leer en voz alta:

Felizmente el amor es ciego, y los amantes no pueden ver las bellas locuras que comenten ellos mismos

Un aplauso más emocionado se produjo de manera inmediata. Mario miraba a Ana y a Thierry, mientras sonreía.

Madrid: I II