Cerré la puerta y permanecí recostado de espaldas a la misma –me sentía algo culpable- pude dar un vistazo al interior, libros por doquier ordenados por categorías –así me lo parecía- algo no me permitía seguir adelante, una especie de culpabilidad por invadir algo tan intimo –pero si él deseaba que yo estuviera allí- me dije a mi mismo. Esto calmó mis pensamientos; siempre el pensamiento lógico nos ayuda en estas situaciones.

Miles de títulos y autores a donde quiera que dirigiera mis ojos; me sentía observado y a la vez acompañado por Stendhal, Homero, Tom Wolfe, Laclos; Cunningham, Lorca, Dickens, H Eco, Víctor Hugo, García Márquez y muchos más. Ciertamente no me encontraba tan solo, si pudiera adentrarme en cada historia o las mismas tuvieran vida propia; todos estos maravillosos, crueles, hermosos y sensatos personajes estarían allí conmigo, guiando mis pasos hacia la puerta del fondo, que me conduciría hacia lo que parecía la parte más oscura de La Librería.

Cuando era niño y entraba a alguna pequeña tienda, sentía una curiosidad enorme por saber cómo era lo que había detrás de esa puerta que estaba tras del mostrador; parecía un reino oculto; me preguntaba como serían sus paredes, su olor, qué cosas habrían allí. Mis pasos de cierta manera sigilosos y mi aptitud algo humilde al profanar aquel sagrado santuario donde los dioses escritores viven por siempre. Llegué hasta la pequeña puerta de madera oscura; era pequeña con una manivela redonda que giró suavemente al poner mi mano sobre ella –ésta no crujió- debía ser que la misma vive lubricada por los seres anteriores permitiendo que puedas entrar en sus corazones y pensamientos sin ni siquiera mancillarlos, más bien para honrarles en su hermosa eternidad.

Antes de atravesar el portal volví la vista atrás, como en una especie de despedida –no entendía el por qué- y los ví a todos allí sentados, vigilantes, estudiosos en medio de la luz que se colaba a través de los cristales desde el exterior; era una escena hermosa –difícil de plasmar en palabras- allí pernoctaban los señores de la escritura en su Acrópolis de sabiduría.

Continué y se abrió ante mí un pequeño salón lleno de cajas; las mismas eran de color beige con nombres de editoriales. En un pequeño rincón un par de sillas compuestas de madera y metal, formaban un pequeño salón, supongo que allí mi tío hacía sus descansos y tomaba su té negro –era su preferido- a un lado un pequeño baúl –era ese- extraje la llave de mi abrigo –que aún permanecía conmigo- me arrodillé ante el y la llave al girar proporcionó un suave giro que aceleró mi corazón –no entendía por qué- esta situación causaba tal excitación en mi. Recordé mis días en la escuela de canto, me encantaba perderme entre sus muros y descubrir lugares nuevos para mi, se trataba de la misma sensación.

Levanté la tapa y me asustó mi imagen reflejada en un espejo que cubría el interior de la cubierta. Me quedé observándome a mi mismo; lucía pálido, mi piel estaba más blanca que nunca y mis ojos azules tenían un brillo especial –sentí miedo- temía que detrás de aquella imagen, apareciera de pronto la de mi tío –pero no fue así- retiré el gorro y mi cabello negro cayó sobre mi cara. Me ví algo viejo y supe que la vida pasa muy rápido sin que apenas lo notes.

Un grupo de folios escritos ocupaban la parte superior; no les di importancia al ver una carta con mi nombre, sellada con el mismo lacre rojo de la primera. Gire mis ojos nuevamente para observar el lugar y me sorprendió al ver en otro pequeño rincón del salón, dos candelabros de plata que pertenecían a mi padre y que no había vuelto a ver hasta ahora; lucían espléndidamente brillantes y con velas nuevas; me incorporé y me acerqué a ellos –eran tan preciados por mi padre- sentí nostalgia. Una caja de cerillas a su lado, me indicó que eran parte de la ceremonia, así que encendí sus seis velas, llenando de luz el lugar –una luz tan especial y familiar, como las de las navidades de mi infancia...

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