Estambul II… “Ayasofya”
Le miré fijamente. No había sido la única persona que me había dicho estás palabras desde mi llegada. Viajes anteriores confirmaban la amabilidad de los habitantes de Estambul –sonreí- y hasta creo que el vendedor de té pudo notar la alegría en mi rostro; más él, no sabía que desde ahora este sería mi nuevo hogar. Me despedí con un gesto amable, dejándole en compañía de sus compañeros de faena. Camine por la acera, buscando el rayado de cebra y entrar una vez más a este maravilloso lugar llamado por los occidentales “Santa Sofía”.
Compré una entrada en la pequeña puerta –era simbólico- ya que esto sirve para su restauración que mínimo debe durar unos diez años más desde ahora. Accedí al pequeño vestíbulo formado por un parque, con asientos de cemento gris y en el que las cuerdas impiden el paso a unas columnas bizantinas dejadas a la intemperie como muestra del saqueo que tuvo que sufrir para convertirse en un templo musulmán. Deseaba poder tocarlas con mi mano –tengo esa manía- a lo mejor así me siento parte de la historia vivida por aquel pedazo de testigo inanimado, creo que estuve ausente y pensativo mirándoles mientras que pensaba en su historia. Tal vez queriendo ser parte de ellas y poder ver desde su perspectiva lo que había sucedido en verdad. Una de las puertas laterales, me ofrecía la oportunidad de adentrarme en esta hermosa dama, como quien entra en la parte más intima de una mujer, sin que a ella le disguste en lo absoluto, más bien complaciente en engullirte y mostrarte todas sus bondades y hermosura.
Los altos frisos cristianos intactos, lograron escapar de la barbarie artística y las figuras de los discípulos al lado de su amado maestro, me mostraban circunspectos todo lo sucedido. Caras largas y ojos inmensos escudriñadores parecen observarte desde el mismo cielo, mientras sucumbes entre sus paredes. Mucha gente caminaba a mi alrededor, gente con la que había perdido comunicación alguna, porque mi cerebro parecía estar escuchando las viejas lenguas de quienes habían trabajado arduamente para dar a la antigua y magnifica Constantinopla, toda la gloria que se merecía.
Una vez dentro, el ruido del caminar de los restauradores entre los andamios me hizo volver en mi. Pacientemente y realizando mezclas de pigmentos lograban darle la viveza y su majestuosidad de los primeros tiempos, en la cúpula, toda una serie de figuras, que continúan siendo testigos silenciosos de todos quienes le visitamos.
Entre todo el rebullicio que formamos los turistas, me llamó la atención, la aglomeración de los mismos frente a una columna de mármol gris, con un orificio que promete ser una especie de ojo de un Dios divino, donde introduces tu dedo pulgar y con los restantes giras las mano en dirección de las agujas del reloj mientras pides un deseo. El mármol deprimido y gastado de tantas peticiones, parecía disfrutar el ser protagonista en medio de tanta belleza.
No pude introducir mi pulgar y realizar la hazaña. Preferí buscar la especie de rampa circular que me llevaría a la segunda planta, donde habían unos balcones que proporcionaban una vista interior magnifica de la cúpula. Como si se tratase de un niño explorador, comencé a subir. Me detuve un momento frente a la boca de aquel pasadizo, un ligero temor pareció embargar mi corazón…
Estambul: I













sarah sweet sarah dijo
Ayyyyyy...que bonito Anto!!!
Casi parecía que iba de tu mano recorriéndolo!!!
Yo también tengo esa manía, lo acaricio todo, me encanta como lo has explicado...es como si...quisieras robarle un sentimiento...transportarte en el tiempo...acariciar la mano que lo esculpió...que lo construyó...es algo mágico...me gustará ir algún dia a pedir mi deseo a ese trocito de mármol!!!
Precioso Antonio, gracias por el relato de buenas noches!!!!!
25 Abril 2007 | 12:19 AM