Estambul III… “Iconos”
La rampa de piedras irregulares y pulidas por el transitar diario me acompañó en el asenso. Pase ambos manos por las paredes del camino, todas de color rosado, gastadas y llenas de historia, ese tacto sólo fue interrumpido por un turista que descendía o alguno que apresuraba el paso dejándome atrás. Una vez arriba, algo sudoroso y ligeramente cansado, respiré profundamente y disfrute nuevamente al ver aquel hermoso lugar. Desde el balcón la hermosa cúpula se adueñaba de toda la fuerza y las 40 ventanas, permitían que la luz del día penetrara como un ladrón al interior del sagrado lugar. Respiré profundamente y recordé el día que mi padre me trajo por primera vez a este lugar. Cuando me explicó su creación por dos geniales arquitectos griegos Antemio e Isidoro –si mal no recuerdo sus nombres- los visitantes iban de un lado a otro, alguno se estiraba para ver desde las ventanas laterales los minaretes exteriores y las cúpulas anexas. En un momento hice lo mismo y parte de la hermosa Mezquita Azul se visualizaba desde allí.
Hay un sitio en este lugar del que guardo un buen recuerdo, aquí de frente a él, mis recuerdos vuelven a hacerse presentes. Me parece verme allí de pie tomado de la mano de mi padre y mi hermana de la otra, frente a la imagen de un Jesucristo Bizantino, desgastado por el tiempo, pero que conserva intacta su magnificencia, parece mirarme desde allí. Tiene la misma edad desde la última vez que le ví –solo yo he envejecido- Él, intacto, parece recordarme las palabras de mi padre, de las que Él fue testigo: “He aquí la imagen del personaje más importante de la historia de la humanidad” –así me lo parecía, en aquel momento- pero creo que existen algunos otros, aún así, Él logra intimidarme tal y como lo hizo en su momento.
Una grieta en la pared a la siniestra de la imagen parece no romper la armónica hermosura del icono. Sin ser un iconoclasta, debo admitir el quebranto de mi voluntad ante tal grandeza. Me acerqué un poco más, con la intención de tocar aquella pared, pero una idea, mucho más audaz se cruzó por mi cabeza. Levanté mis pies y en puntillas, estirando mi cuerpo, alcé mi brazo e introduje mi mano derecha dentro de la fisura de la pared, como quien viola la virginidad de lo sagrado, y dentro de ella moví mis dedos buscando una pequeña piedra que emergiera de las entrañas de aquel santo lugar, quería un recuerdo para llevarlo de vuelta un día a Zürich, como obsequio para mi hermana, pero una voz interrumpió mi labor bruscamente:
-¡Creéis que con un trozo de Ayasofya, tus penas se marcharán como lo hacen las aguas del Bósforo al caer en el Mármara!
Quedé petrificado. De pie estirado y aún con mi mano allí, le miré a la cara y sus ojos, reflejaban la profundidad de los sentimientos nunca descritos. ¿Cómo sabía aquel misterioso hombre de mis penas? Asenté mis pies por completo en las baldosas y mi mano derecha descendió impía y profanadora. No pude responder, sabía que estaba mal de mi parte hacer esto; pero mis sentimientos convertidos en pensamientos melancólicos continuaban su labor, al no dejarme vivir con cierto grado de paz interior.
Aquel misterioso hombre permanecía inamovible frente a mí, como si me conociera de algún lugar en el cual no recuerdo haber estado…











Jean Pierre Trulove dijo
Amigo Antonio.. como recuerdo en mis clases de historia universal Santa sofia fué un tempolo musulman pero despues al llegar los catolicos se convirtio en un templo catolico dandole paso al bizantinismo.... los hermosos frescos de "Santa Sofia" han sido inspiradores a traves de los años tanto a Musulmanes como a Catolicos alrededor del mundo.
Actualmente es un centro musulman donde cada dia a las 3 se reunen hombres de todas partes de Estambul para orar.
27 Abril 2007 | 01:11 AM