Estambul V... "Hamman"
Bajamos por Alemdar Caddesi una larga vía llena de contrastes. Varios pequeños grupos de perros callejeros se toparon en nuestro camino –sentí pena por ellos- muchos al mirarme fijamente a los ojos, parecían propiciarme palabras de cordialidad infinita. Como si se tratase de seres especiales atrapados en el cuerpo de cada animal. Algunos movían su cola al solo vernos. Saqué de mi mochila algún trozo de pan y lo repartí a todos. Esto causo una especie de algarabía que les hizo creer que sería su nuevo dueño. Hrant, me comentó que según los tópicos de la religión, tocarlos te hacia impuro y debías someterte a un ritual de purificación posterior –chorradas- le contesté, sin más. No he conocido en tierra a un animal más noble que este.
-Ojalá nosotros los hombres conociéramos la fidelidad como ellos lo hacen. Le dije mirándole con cierto reproche a los ojos
-¡Tienes razón! Tenemos muchas cosas por aprender de estos seres. Sentí cierto hüzün en sus palabras
Pero debía entender que en este maravilloso país, algunas incongruencias hace siglos se habían apoderado de la mente de sus habitantes y no existe nada más peligroso en ello que los prejuicios y acontecimientos que estos desencadenan.
Me despedí del pequeño grupo de “ladronzuelos callejeros”, al menos me consoló la idea, de su pandilla. Siempre el apoyo viene bien cuando se esta solo en la vida. Muchos de ellos morirían por congelación, el invierno próximo. Volví mi mirada y varios movían sus colas, como en una especie de hasta luego agradecido.
Hrant, palmeó mi hombro en señal de apoyo a mi nostalgia e impotencia. Continuamos el ligero descenso, cuando él dijo:
-Hemos llegado. Dijo deteniéndose de golpe y señalando el lugar.
Pude leer un pequeño retablo de madera en lo alto de la puerta. Se trataba de un Hamman. Sabía lo que era –me asusté- por un momento, porque no entendía nada, pensé que a lo mejor debía purificarme por haber tocado a mis anteriores amigos; pero en el fondo sabía que Hrant, no era un hombre seguidor de alguna creencia religiosa.
Él, abrió gentilmente la puerta y la sostuvo invitándome a entrar en el baño turco. Al entrar en el pequeño recinto, sentí el tibio vapor en mi cara. Una pequeña sala, se entreabría en una especie de patio con balcones en una segunda planta –me remembró los patios andaluces en España- pero fue solo un recuerdo. Algunos hombres semidesnudos bebían té, solo se cubrían sus partes con una pequeña toalla artesanal mientras que charlaban pausadamente en su idioma natal. No escuché ningún idioma diferente al turco, por lo que supuse que ningún turista sabia de la existencia de este sitio. Un cordial hombre nos recibió con gentileza, era conocido de mi amigo –lo digo por la manera en que se saludaron- y nos ofreció pasar a una pequeña habitación con diminutas cajas de madera, que servían para guardar tu ropa y objetos personales.
Hrant, se apresuró a desvestirse y me pidió que hiciera lo correcto –comencé con mi holgada camisa, luego el pantalón –ya me había quitado los zapatos- al final permanecí desnudo unos segundos, me sentía totalmente desabrigado. Tomé la pequeña toalla y me rodee mi parte genital con ella, me coloqué las sandalias que me habían entregado en una especie de paquete que incluía también una blanca toalla –supuse que debía guardarla para secarme- por lo que preferí dejarla con mis pertenencias.
Caminamos por los estrechos pasillos, hasta llegar a una gran sala, coronada por una cúpula con muchos tragaluces que dejaban pasar la luz del día e iluminaban en forma de rayos el recinto. Un hombre sentado en una de las pequeñas fuentes, cantaba mientras el agua caía desde la cabeza por todo su cuerpo.
Me pareció retroceder en el tiempo y por un momento fantaseé en ser un guerrero romano que se daba un descanso, después de sus viajes y guerras. Hice lo mismo y me detuve frente a una de las pequeñas fuentes de mármol, donde emergía el agua de una “boca de león”, sumergí la mano en ella y estaba tibia, de allí el vapor reinante en el salón. Harnt, me observaba sin emitir palabra, se hizo con otra vertiente a mi lado y comenzó a colocar agua en su cabeza que en un santiamén le había empapado. El sonido exótico del canto, que no comprendía me embriago de cierta manera, al igual que la sensación del agua tibia que empapaba todo mi cuerpo. Tomé entre mis manos una pequeña esponja que recordaba a un calcetín rustico en forma circular que al contacto con el agua dejaba salir una generosa espuma con olor a sándalo que pasé por todo mi cuerpo de manera lenta, mientras miraba como en medio de la tabla de mármol de la sala, un hombre extendido en ella, recibía un masaje por parte de un hombre ya viejo y gordo, otro le acompaña en su tarea y Hrant, me aclaró que él a lo mejor había pagado por un “baño sultán” y recibía estos cuidados. Sonreí ante la idea y continué llenando toda mi piel del perfumado jabón.
Hrant, me contó que en este precioso lugar, los hombres turcos al igual que los antiguos romanos, se liberaban de todo su dolor y tensiones. Muchos secretos guardaban sus paredes, otros disfrutaban de algún que otro favor de uno de sus visitantes y así aliviar sus penas.
-La religión ha castrado a este país y hasta tener relaciones sexuales con una fémina antes del matrimonio, no está permitido en este lugar. Replicó mientras ponía agua en su cabeza.
Entendí lo que decía y permanecí callado…








Jean Pierre Trulove dijo
Los baños turcos de estambul son un recreo tanto para la vista como para el cuerpo y el alma...tenian muchos propositos en la antiguedad tanto purificacion antes de entrar a los templos, como relajacion personal a los cuerpos cansado de los guerreros como ya lo he leido en tu historia.
Nunca he viajado a Estambul pero espero algun dia pasar por alla...y creo q por lo q he contado parece q si lo he hecho... solo he viajado en mis sueños... y en mis lecturas
1 Mayo 2007 | 08:07 PM