Estambul VII... “Cihangir”
La gente transitaba de un lado a otro. Un vendedor ambulante de alcachofas, ofrecía en voz alta su mercancía. Hrant, le saludó y sonrió amistosamente como si le conociera. El ruido de Taskin, se podía percibir a lo lejos. Era un edificio de color gris, a su lado algunos otros de color amarillo y verde. Él, abrió la puerta y me invitó a entrar, pasé el umbral mientras que Hrant sostenía la puerta de forja negra. Un pequeño vestíbulo con estilo victoriano, se abrió ante mí, caminamos hacia el fondo en busca del ascensor. Mi extraño mentor extrajo una pequeña llave del bolsillo de su americana e introdujo la misma en una cerradura lateral, haciendo que el aparato elevador, le obedeciera sin más. Una vez dentro, Hrant, me pidió que no me sintiera nervioso, que me relajará y cumpliera mi tarea –cosa que ni yo mismo sabía del todo- no supe cual fue la planta en la que se detuvo el pequeño elevador, una vez allí la puerta se abrió y un pasillo color amarillo iluminó el ascensor. Una alfombra azul oscuro, tapizaba el suelo, estaba gastada por el ir y venir del tiempo. Él caminó rápidamente hacia la puerta, que supuse era su piso, sacó otro llavero de la americana, buscó la llave –que conocía- y abrió la puerta, una vez más me invito a entrar.
Era un piso pequeño, que recordaba a los de un estudiante universitario tanto por su tamaño, decoración y limpieza. Algunos pequeños armarios en las paredes estaban llenos de libros. El salón era lo más hermoso del mismo, tenía un pequeño balcón –más bien era mediano- desde el que se podía ver la parte trasera de una mezquita y al final una vista maravillosa del Bósforo, pregunté si podía salir al balcón, donde había dos sillas de bambú –supuse que allí Hrant- pasaba sus tardes de verano. No sé si alguien visitaba a este extraño personaje alguna vez. De nuevo el aire misterioso de aquella singular ciudad, golpeaba mi rostro, dándome una especie de chute que asemejaba a una anfetamina de alta concentración.
-¿Debes ser muy feliz en este lugar? Dije en tono alegre, él solo me miró, sin responder a mi pregunta.
-Paso las tardes enteras contando los buques que atraviesan el Bósforo, puedo diferenciarles, sé cuando son petroleros, cargueros italianos o de mercancias entre otros. No sonaba divertido, pero no quise decir nada al respecto
-¡Ven quiero enseñarte algo! Dijo mientras daba media vuelta de regreso al salón, le seguí como un niño curioso.
Una especie de pequeño estudio se abrió después de la puerta, estaba repleto de libros, algunos álbumes de música clásica y una vieja máquina de escribir en una mesa de madera oscura. Encima de un viejo sofá de cuero marrón, algunos libros permanecían abiertos, como si se hubiese estado buscando en ellos alguna musa. Me llamó la atención entre ellos “Las Confesiones” de Jean-Jacques Rousseau, a su lado “Los Infortunios de la Virtud” de Sade y otros que en este momento no recuerdo muy bien.
-Es mi libro favorito. Dijo mirándome a la cara y señalando el primero que había nombrado –Llámame pervertido si así lo deseas, pero me gusta su lectura
-¿Es aquí donde escribes? –era evidente- pero deseaba que él me contará toda su verdad
-¡Si! Aquí es el sitio, donde puedo contar las cosas tal y cómo han sucedido, pero que este pueblo no acepta oír. Permanecí callado, entendía sus razones, aún sin conocerlas del todo.
Todo lo maravilloso de esta ciudad se opaca cuando se trata de expresar tus pensamientos y mucho peor cuando los escribes.
-Esta tarde he tenido suerte que nadie me siguiera. Dijo con cierta preocupación
Me quedé allí de pie, frente a él. No sabía en realidad, ¿Qué? hacía en casa de un hombre que parecía estar loco por las letras, en un intento de salvar o de explicar a la humanidad lo que ellos no han querido entender por siglos… Si de algo estoy seguro, es que las letras suelen matar algunas veces.






Madeleine De Cubas dijo
Fabuloso el pasaje, Antonio. Me gusta sobre todo la frase final: "las letras suelen matar a veces". El bien o el daño que se puede causar con la pluma es incalculable. Razón por la cual cuando no logran apagar las ideas eliminan al hombre. Un abrazo.
5 Mayo 2007 | 03:29 AM