Ella intentó mirarle a los ojos, pero la mascara se lo impedía. El agachó su cabeza mucho más abajo del mentón de Isabel y abrió su boca todo lo que pudo. Le repugnó la idea de dejar caer el vino –no se conocían de nada- tan solo llevaban unas horas en ello. Su poca lucidez, debido a la bebida, le permitió pensar esto y dejo caer directamente un chorro en las fauces del joven amante. Este lo tragó sin más, al incorporar su cabeza, unos pequeños restos deslizaban fuera de su boca. Estos fueron limpiados con la astucia de sus manos.

Creo que esto le excitó casi en extremo. Si pedir permiso, la atrajo hacía él y la beso profundamente. Isabel, creyó desfallecer, no por el hecho en sí, más bien por la falta de aire. Le correspondió, y sintió como su experimentada lengua, recorrió todo el interior de su boca en unos segundos. Nadie le había besado nunca de esta manera. Ellos allí de pie, en medio de los claros oscuros de las llamas y el rumor de la gente, que dejaba oír el sonido de música que a su parecer era medieval.

El beso finalizó. Ella se encontraba, ebria entre los brazos de Dimitri, lo estaba en casi todos los sentidos. Hace tiempo que no sentía sus labios de esta manera.

-Busquemos otra copa. Dijo ella rompiendo el silencio entre ambos

Él, le tomó de la mano y fue a donde se encontraban las copas y el vino. Ambos, llenaron sus recipientes, casi hasta desbordarlos. No dejaba de mirarle. Isabel pudo ver su erección, pero disimuló. Tenía deseos de aquellos que ocultamos siempre, porque no nos creemos dignos de ellos. A lo mejor por los perjuicios en nuestras mentes, por la educación que había recibido, la de ser mujer y madre, pero dejando atrás los verdaderos sentimientos y placeres que se merecía.

La fiesta se convertía en una especie de bacanal griego –como dijo mi amiga- muchos jugaban con las frutas y los besos en grupos, en los diferentes divanes repartidos por el elegante lugar. No podía creer, dentro de su atolondramiento que toda aquella gente tan puesta, horas atrás, estuviera allí tan desbocada.

Dimitri, no esperó más y le tomó de la mano una vez más, esta vez con fuerza y adelantó el paso; le llevó a la segunda planta de la mansión. La elegante escalera que conducía hasta allí, el mármol de un blanco resplandeciente era toda una invitación. Al subir pudo ver, como una mujer disfrutaba del amor de dos hombres al mismo tiempo que besaban todos su cuerpo en pleno salón, con un ímpetu, que semejaba a dos tigres devorando su indefensa presa –sonrió- si le viera la gente que le conoce, pensó para si misma y esto en medio de la borrachera, le causó más risa, dando un tropezón. El chico se detuvo y le sostuvo con su mano izquierda.

-¿Estás bien? Dijo mirándole. Llevaba la careta más arriba de su frente sudada

Desde el ángulo de visión de Isabel, al mirarle, solo resaltaba la nariz fálica del antifaz, lo que causó mayor risa en ella.

Prosiguieron su camino y una vez arriba un pasillo elegantemente decorado con cuadros de desnudos y madonas. Parecían habitaciones, algunas con las puertas abiertas, donde solo entre la penumbra, cuerpos y gemidos se dejaban ver. Debo reconocer que sintió algo de temor, pero también le movía el deseo de lo prohibido. Se disculpó a si misma, ya estaba en la carrera y no podía permitirse dejarla a medias.

Dimitri, abrió, una de las puertas –como si conociera el lugar- y le dijo que entrara, luego cerro la puerta. Le besó una vez más y llevó una de sus manos hasta su virilidad, ella le apretó fuertemente, era un animal que deseaba salir. Estaba a punto de iniciar lo que prometía ser la mejor experiencia de su vida…

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