Isabel, se quedó dormida encima de él –no sé cuántas horas- él roncaba plácidamente, ambos habían tenido dos o tres orgasmos simultáneos y para asombro de ella, había sido una muy buena aprendiz de sado light. Fue ella quien despertó primero y con cuidado desató las amarras de Dimitri, cuando esta terminaba su labor de liberación, él despabiló de igual manera. Le acarició con su mano derecha que tenía libre y le envío un beso al aire, que ella correspondió con una sonrisa. Le dejo dormir y él se cubrió con las sabanas blancas.

Mientras tanto Isabel, fue un momento al baño, deseaba darse una ducha. Se detuvo al ver su imagen completamente desnuda frente al gran espejo –como lo había hecho unas horas antes- esta vez, tenía otro semblante, a pesar de su madurez y falta de experiencia, supo disfrutar de lo que es un instinto primitivo humano. Supo que no era necesario ser una experta para hacerlo, tal y como sus amigas se lo hacían creer contando las proezas con sus maridos y amantes.

Abrió la ducha y dejó que el agua limpiara todo su cuerpo; sintió alivio, como si con ella al recorrer su cuerpo, se fuera también parte de la antigua mujer que había sido. Luego, después de secarse, volvió a la cama con el efebo. Se acostó sin hacer mucho ruido, y recostó su cabeza en el cómodo almohadón. Ya casi amanecía y las blancas cortinas dejaban ver el mar desde la cama. Le pareció un hermoso espectáculo. Estaba allí, después de una noche de copas con un hombre que no conocía casi de nada, pero lo extraño es que se notaba tranquila. Aún estaba aturdida, la sed la había calmado bebiendo agua de la ducha mientras se bañaba. No supo a qué hora se quedó dormida. Fue hasta más o menos el mediodía cuando ambos despertaron. Dimitri se levantó de la cama con cierta familiaridad, hizo una llamada por el teléfono y pidió desayuno –como si se tratase de su casa- ella no quiso preguntar nada.

Luego, él se volvió y preguntó

-¿Qué planes tienes para hoy?

-Ninguno en especial, más que descansar. Contestó ella

-¿Te invitó a ir a Mykonos? En mi pequeño barco

Le sedujo la idea, y aceptó la invitación. Desayunarían algo y al bajar pasarían por el hotel para que ella buscara algunas cosas.

Eran las tres de la tarde, cuando se embarcaron en un pequeño yate, propiedad del joven escritor. Isabel, se moría de curiosidad por hacer un montón de preguntas, pero no se dio por aludida. Una vez solos en medio del mar, fue él quien despojó de la ropa a Isabel y le hizo el amor en plena proa. Esta vez los gritos se los trago la inmensidad y el sol.

-¿Qué te trajo hasta aquí Isabel? Era la pregunta que no deseaba oír de él

Fue entonces cuando ella abrió parte de su corazón y le contó de su divorcio –de lo mal que lo había pasado- ocultó que su esposo era un maltratador en todos los aspectos, que no le bastaba en serlo con ella, sino que se ensañaba con su hijo –cosa que ella no toleró- su matrimonio se vino completamente abajo cuando su marido golpeó a su hijo, echándole de casa por su condición de homosexual. Fue cuando ella, se marchó con él a casa de su amante, dejando solo al que fuera su esposo.

Esto era lo que ella pensaba, mientras que oculto parte de la verdad a su nuevo amante –no deseaba hablar de ello- fue a eso de las 18 horas, cuando Mykonos se mostró frente a ellos, con todo su esplendor. Sus blancos molinos aún giraban llevados por el viento en una especie de cadencia sin igual.

-¡Bienvenida a Mykonos! Grito Dimitri de manera casi ensordecedora al ver el puerto de la isla

Isabel, estaba emocionada, mucho más de lo normal. El pequeño yate atracó en medio de otros botes con suma suavidad. Una vez terminada esta labor, ambos se dispusieron a bajar de la embarcación. Mucha gente llenaba la isla, iban de un lado a otro, la noche se ofrecía en todo su esplendor, aunque el sol se negaba a marcharse con su tenue luz…

Islas Griegas: I II III IV V VI VII VIII