Grupos de personas se paseaban por el puerto, hombres en su mayoría. Isabel, sabía por su hijo que esta era la llamada Isla del Amor; pero justamente para el grupo a la que él pertenecía. Ella, a pesar de los apuros de Dimitri, se detuvo a pensar lo que diría su hijo, al saber que su madre querida, había estado en el sitio al que él deseaba ir un buen día con tanto afán, acompañado de su amante.

Era un lugar singular, parecido a Ydra, pero con ciertas pretensiones que la hacía más cosmopolita, tiendas con artículos y ropa de marca –estaba asombrada- tratando de grabar detalles en su mente y así contar a su regreso los pormenores. Dimitri le llamaba con insistencia, para alejarle del puerto y del yate. Ella, comenzó a andar hacia dónde él se encontraba. No pudo percatarse de la sombra misteriosa que descendía de la embarcación, en la que hace pocos minutos ella venía. Así mismo fue, nadie lo vio, tal vez Dimitri, lo sabía, pero no deseaba ser descubierto al igual que el extraño pasajero.

Lo peor es, que ella no le pidió que le mostrará el yate, sino que se embelesó por la sed de sol y la vista azul del profundo mar –a lo mejor si ella hubiese descendido a ver algunos detalles- hubiese podido descubrir de quién se trataba –de este no esconderse- parecía que no, porque no aguardó unos minutos más, en dejar que los amantes, se encontrarán lejos de allí.

Al tenerle cerca, el joven, tiro de ella –de ambos brazos- y la atrajo hacia él, ofreciéndole un fuerte abrazo y su respectivo beso.

A todas estas, todos nosotros, nos preguntamos ¿Por qué Isabel, de repente ha olvidado todo su dolor? Y se ha enrumbado a una aventura, en la que ella juega con cierta desventaja. Aún así, se le veía feliz, ilusionada, sus ojos brillaban al igual que su piel y cabellera –ya sabéis- estás cosas que produce el amor, al liberar tantas endorfinas, que son las responsables de que veas todo con buenos ojos.

Como escritor de esta historia, que se ha extendido, porque no he sabido resolverla o porque vosotros, los lectores, han hecho que le tenga cierto cariño especial. Este sería el episodio en el que debía terminar, cumpliendo con un cábala, de que el 10 es el número perfecto, no ha sido así.

Continuando con los hechos –no debo distraeros- ahora que en medio de ellos se cuela una sombra, observadora a lo mejor, pero esta allí, y tres en una historia de amor, no parece ser de buen augurio –al menos me lo parece-.

Después de este pequeño corte; los amantes caminaron un poco por la isla que Dimitri, conocía como la palma de su mano. Dejó que Isabel, fuera quién eligiera el restaurante –uno netamente griego- fue su elección –cosa que haría yo también- si me encontrará en su misma situación.

-¡No hay nada como conocer la cocina del país que se visita! Dijo Isabel con cierto aire de arrogancia femenina, muy bien entonada

-¡Así es, mi querida señora! Replicó él.

Un hombre maduro de grandes bigotes les invito a pasar y elegir una mesa –la que fuera de su gusto- así que una pequeñita con vista al mar, era perfecta. El vino, fue prontamente servido –era blanco- comerían pescado y una ensalada griega. Sentían hambre, pero esta era de otro tipo.

-¿Isabel, hablamos de sexo? Dijo él mirándole a sus ojos -¿Harías algo por mí, si te lo pido? Dijo, mientras levantó la copa para brindar

-¿Depende? Contestó ella con extrema rapidez y produciendo un “Chin-Chin” al encontrar sus copas

-Muy bien, ya te lo diré en su momento –Ahora cenemos tranquilamente

Y así fue, se gastaron dos horas degustando una deliciosa cena, que una vez terminada y a medio beber, les abrió nuevamente las puertas de la noche en otra Isla Griega.

-Te llevaré a un sitio maravilloso. Dijo él, mientras pasaba su brazo izquierdo por su espalda, acariciando su espalda

Ella, pensó que seguro se trataba de algo tentador, así que sonrió y continuaron su marcha…

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