Era un bar en las estrechas y blancas calles de Mykonos. Las pequeñas farolas, iluminaban el empedrado y las plantas colgantes, rompían la pureza del blanco, combinándose con el azul de las puertas.

Apenas entrar, Isabel, pudo oír música de fondo. Una pequeña orquesta deleitaba a los presentes con el más puro sonido del Jazz. Un hombre, vestido elegantemente de negro e iluminado con una luz en solitario, fue lo primero que pudo divisar en la penumbra. El lugar era oscuro y debían pasar unos segundos mientras sus ojos se acostumbraban a la iluminación del local. Dimitri, permanecía callado. Mientras que un hombre de negro, interpretaba majestuosamente viejas canciones al más puro estilo Sinatra Bublé, interpretaba “Fever ”. Era un sitio elegante, con gente de la edad de Isabel. Le parecía extraño, que Dimitri siendo tan joven no le llevará a algún otro lugar –a ella le venía bien este- era romántico y apabullado. Mujeres en su mayoría llenaban las pequeñas mesas. Algunas paredes de piedra rústica, combinadas con elegantes paredes pintadas de un color rojo oscuro, parecido al vino tinto.

-¿Te gusta? Preguntó él

-¡Sí! Respondió Isabel

-Perfecto. Replicó él, guiñando un ojo

Ambos se acercaron a la elegante barra y un guapo barman, se acercó prontamente al chico –que parecía conocerle de antes-. Dimitri, preguntó a Isabel qué deseaba beber, ella, se decidió por un Martini rojo. Él, bebió una ginebra. El barman, acercó a ellos ambas bebidas cortésmente. Isabel descargó, su pequeño bolso en la barra y tomó una aptitud descansada pero elegante. A su alrededor, hombre maduros, acompañados de hermosas mujeres charlaban en voz baja, solo la música, era la dueña del ambiente en este lugar.

-Quiero que me digas, dónde vives en Barcelona. Preguntó él, con interés –A ver si recuerdo el lugar

Isabel, no contestó. Extrajo de su bolso, una pequeña libreta con hojas azules y un bolígrafo. Se apoyó en su mano izquierda y escribió claramente la dirección.

-¿A ver si sabes dónde es? Dijo, mientras le entregaba el papel en sus manos

Dimitri, se acerco a la barra, para poder leerlo, con la luz reflejada desde donde se encontraban las botellas de licor. Se percató, que Isabel, había sacado su IPod de la cartera –a lo mejor desebaba comentarle acerca de su hijo- el compositor y dejarle escuchar alguna de sus canciones.

-Creo saber, dónde es. Dijo él con picardía –Es la zona del centro de la ciudad, sino estoy equivocado

Ella, sonrió –si lo era- pero no quiso confirmarlo. Parecía que este chico, era un viajero asiduo, por la forma como se comportaba y hablaba de las ciudades. Isabel, le pidió que le dijera dónde estaban los baños y él, le señaló dónde se encontraban, debía ir casi al final del bar. El joven, le volvió a guiñar en complicidad y le vio alejarse. Ella, camino por entre las mesas y paso por enfrente del escenario, luego, tomó un pequeño pasillo, hacía dónde él, le había dicho que estaba el lavabo, no sin antes percatarse de una pequeña habitación en penumbras, donde pudo escuchar los gemidos de hombres y mujeres entregados al más puro placer. Se adentró ligeramente en ella –ahora entendía las intenciones de Dimitri- en llevarle allí –pensó- se retiró y fue al lavabo, donde no tardó demasiado, regresando a dónde estaba el chico.

Este le besó y balanceó su cuerpo contra el de ella, en una forma de baile torpe.

-Debo ir al lavabo. Dijo él, susurrándole al oído

Le besó nuevamente y se alejó bailando entre la gente. Notó la presencia de alguien allí en la barra apenas, Dimitri marchó, no hizo caso de esto, pero al escuchar en castellano las siguientes palabras se giró sobre si misma asustada.

-¿Ahora ya sabes para qué te ha traído mi hijo hasta aquí? Dijo el extraño hombre mirándole en su asombro.

Era el extraño hombre, con el que ella había compartido miradas en la embarcación al venir a las Islas. Se quedó muda.

-Siempre escoge una nueva mujer y le hace el favor a su padre de apreciar lo buen amante que es; dejándole ver sus momentos más íntimos

Isabel, estaba sin aliento. Ahora entendía muchas cosas que no le cuadraban. No medio palabra con ese hombre y salió casi corriendo sin esperar el regreso del joven Dimitri.

Una vez afuera, apresuró su paso, sintió ganas de llorar al sentirse nuevamente herida en su orgullo de mujer. Era una mezcla de rabia e impotencia. En cierta manera, atrapada en aquella Isla. Corrió hasta el puerto guiada por los silbatos emitidos por una especie de crucero. Cuando su teléfono móvil sonó, era el amante de su hijo para decirle que Cristóbal, estaba en el hospital. Había tenido un accidente en moto al regreso a casa. Su rabia anterior se desvaneció, convirtiéndose en angustia, corrió hacia la escalera del barco y preguntó al portero, hacía dónde se dirigían y casualmente, harían una parada en Ydra –le venía como anillo al dedo- le pidió si podía acercarle hasta allí. El buen hombre accedió a ello sin más...

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