Isabel prefirió dar una vuelta por la proa del barco. Necesitaba respirar, no podía creerse lo que esta viviendo, ahora su hijo. Revisó su teléfono móvil y pudo ver que había dos llamadas perdidas. El amante de su hijo, le estaría llamando desde temprano y ella no había escuchado.

Ella, se lo había hecho prometer, que le llamaría, si su hijo necesitará cualquier cosa o si le sucedía algo. No importaban sus vacaciones y así él lo hizo. El aire soplaba con intensidad, chocaba con su cara y arrastraba parte de sus lágrimas. No podía evitarlo, estaba llorando una vez más, se sentía culpable, aunque siempre supo el riesgo que corría. Desde donde se encontraba, podía oír la música de la fiesta que se daba allí, pero no hizo caso alguno, buscó en su bolso su dispositivo de sonido –pero no estaba- lo había olvidado encima de la barra

-¡Qué torpe he sido! Se dijo a si misma

Era un regalo de Cristóbal y ahora qué le diría a su regreso, de todos modos, pensaba contarle todo a su hijo cuando volviera a casa. Tenía sentimientos encontrados, ni la oscura y fresca noche, ni el olor del mar, sirvieron para tranquilizarse. Bastaron dos horas para que este crucero llegará a Ydra, fue más pronto de lo que ella esperaba.

Momentos atrás, Dimitri, volvía del baño y al no ver a Isabel, pero si, a su padre en la barra, se apresuró hasta allí con paso decidido y rabioso –presentía lo que este había hecho-

-¿Dónde esta ella? Dijo él

-¿Quién? Dijo el hombre, mientras bebía un trago de su vaso -¿Me hablas de la prostituta con la que estabas? Esta vez sonrió maliciosamente

-¿Qué has hecho esta vez padre? Preguntó Dimitri con rabia –¿Por qué no me dejas en paz?- reprochó el dolido joven

-Porque debes buscarte una chica de tu edad y dejar ese Complejo de Edipo, de una vez por todas. El hombre descargó el vaso en la barra esta vez con furia

Dimitri, no quiso discutir más con su progenitor. Al ver el IPod de Isabel sobre la barra, lo tomó con su mano izquierda y salió corriendo, pero a pesar de sus esfuerzos por llegar al puerto, no le encontró por ningún sitio. Preguntó a algunas personas, pero estaban ebrios en su mayoría, nadie parecía haberle visto. No sabía, qué hacer, si buscarle por la Isla o regresar a Ydra. Se decantó por lo primero y comenzó a patear parte de las calles, mirando dentro de los cafés, pero no la encontró, ya casi llegada la madrugada, estaba desesperado, regreso a su pequeño yate y salió con rapidez del puerto. Giró con fuerza el timón y emprendió el viaje de regreso.

Mientras tanto Isabel, ya en el hotel, había cancelado su estadía –ya arreglaría todo con la agencia de viajes- estaba preocupada y el encargado lo notó enseguida, ella, explicó como pudo la situación para ver si alguien podía llevarle hasta Pireos. Un joven conocía a un viejo pescador, este madrugaba siempre. Ambos salieron al pequeño puerto en su búsqueda, con suerte, Isabel, podía regresar con él, a Atenas. El viejo, ya se disponía a alejarse del desembarcadero, cuando el encargado corrió dando voces para que se detuviera, este así lo hizo y entonces Isabel pudo subir a bordo sin problemas. Agradeció, dio una propina al joven y se despidió.

Ya casi amanecía, solo serían 25 minutos con algo de suerte y llegaría a la capital griega. Todo el aprieto de salir de las islas parecía resuelto. No pudo cruzar palabra con el viejo pescador –este solo hablaba el idioma local- así que solo le quedo agradecer con un gesto al darle la paga. En el puerto, buscó la salida del metro, desde allí iría a Eleftherios Venizelos, así se llama el famoso aeropuerto –restaurado majestuosamente para las olimpiadas del 2004- Una vez dentro del vagón, ya Isabel, algo exhausta, buscó el libro que tenía abandonado y retomó su lectura: “Confiar en los hombres ya es dejarse matar un poco” vaya frase –para lo que estaba viviendo- luego de casi 40 minutos, llegó a su destino. Buscó las escaleras eléctricas, una vez en el vestíbulo, miro la pantalla de las salidas. Compró un boleto y embarcó su maleta. Cruzó el portal y se dirigió al interior, a buscar la puerta de embarque, eran las 7 de la mañana.

Entre tanto Dimitri en Ydra, sabía de los hechos –se sentía impotente- dio puños contra las paredes y se paró frente al mar en un pequeño café con miras hacia Peloponnese, extrajo del bolsillo de su pantalón el IPod de Isabel, colocó los audífonos en sus oídos apretó el interruptor, al escuchar la música fue cuando su llanto se tornó incontenible. Ya Isabel, viajaba rumbo a Barcelona, cansada, recostaba su cabeza en la ventana, luego de unas cortas horas la ciudad Condal se divisaba ante ella –sintió un alivio- en casa nuevamente. Una vez fuera con su maleta, tomó un taxi hacia el Hospital, durante el viaje llamó a su yerno, quien le notificó que su hijo se encontraba bien y esperaba por ella –lloró al escuchar la noticia- ya nada importaba más que eso.

Dimitri continuaba escuchando la canción , enjuagó sus lágrimas y sacó el pequeño papel azul, donde ella había escrito su dirección, se levantó decidido de donde se encontraba e iría al mismo lugar donde Isabel, horas antes estaba, en busca de un vuelo a Barcelona.

FIN

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