Les Misérables…

Cada jueves por la tarde Chloé , le agrada visitar el café, al que ella, le gusta llamar “Les Misérables”, se sentaba en la misma mesa y el mismo camarero que un día le despreció, le atendía con delicadeza y desvivida cortesía –hay cosas en el mundo que nunca cambiarán- es por ello que nunca se molestó en recordarle ¿quién era?.
Con la vista hacia el Canal Saint Martin, recordaba el momento en que se había acercado a aquel sensato hombre llamado Jean Valjean -hacia unos años de esto- ahora sentada en el mismo lugar y a la misma hora, levantaba su taza de té caliente en honor al espacio vació frente a ella; en una especie de brindis fantasmal. No daba ninguna importancia a si la gente le miraba de manera extraña o si un conocido le interrumpía su ceremonia de cuarto día de la semana; para ella, él estaba allí, recordándole lo importante de ser alguien en la vida y no se refería a tener posesiones, sino a dejar un legado en la misma, por tus acciones.
Chloé, abrió uno de los volúmenes y entre susurros leyó una página del inmortal libro de Víctor Hugo; aún así la vida continua llena de abyectos quienes solo valoran por el exterior a sus semejantes, es algo en lo no perdía tiempo, ni neuronas; ahora ella era una reconocida librera encargada de proyectar la carreras literarias de estudiantes de La Sorbonne y uno que otro escritor brillante aparecido de la nada.
Su adorable esposo dedicado a la dramaturgia en los teatros de París, se reuniría con ella, dentro de unos breves minutos, sabía que su preciada esposa, le gustaba recordar a su tío y mentor Jean, que la vida no es para ella la misma desde que él marchó y que un extraño vació llena una parte de su preciable corazón. Solo en medio de La Librairie , conseguía estar en paz con su espíritu, allí en medio de textos y grandes obras, de las cuales había leído un montón, apoderándose de ella una adicción por uno más al finalizar el que leía en su momento.
Su taza de té estaba por la mitad, cuando su marido apareció en medio de la gente que caminaba por el canal –era puntual- a ella, le hubiese gustado que un día no lo fuera y le diese unos minutos más que hubieran servido para secar alguna que otra lágrima que corría cuesta abajo en sus mejillas. La campana de la puerta anunció la llegada de un cliente –era él- le regalo una sonrisa, que ella correspondió y acompaño con un beso en los labios. Siempre tomaba asiento en la silla que ocupó en otro instante su amado tío –él, no lo sabía- una vez allí frente a ella, le tomó de ambas manos y las beso con un fervor cuasi religioso…. Mientras que un joven mendigo con voz ronca y rancia, cantaba afuera Et si tu n`existais pas....








ottoottotre dijo
Siempre me ha gustado pasear por los pasillos de una libreria, y si es una libreria antigua, mejor. Tiene ese olor a libro viejo que, por lo menos a mi, me parece especial. Ahhh París. Que recuerdos tan próximos. Como siempre, amigo Antonio, ¡¡chapeau!!.
Un abrazo
8 Septiembre 2007 | 04:56 PM