Con lo entusiasmado que se encontraba por ser el encargado del encuentro de amigos blogueros, que se daría cita en su ciudad y a sus efectos se llevaría a cabo ese mismo día en horas vespertinas. Fue como un pensamiento relámpago, que le despabiló de su sopor. Había dedicado gran parte de su tiempo a realizar escritos de su vida personal en un blog que decidió abrir de modo terapéutico y así vaciar sus angustias y ver, que otras personas en diferentes lugares del mundo se sentían identificadas con sus problemas. Respiró profundamente. Secó de su rostro las lagrimas restantes y decidió darle fin al Ave María que se repetía sin cesar y que servía de coadyuvante para un llanto fácil, tal vez en el fondo había elegido este tema, porque nunca tendría una boda –como Dios manda- y en caso de ser así, debía conformarse con algo civil y con pocos amigos. Nada de parafernalias como las tuvo su única hermana, que llevaba ese día una cola de 8 metros de largo y 20 damas de compañía que le ayudaban en la tarea de cargar semejante pedazo de tela. Fue idea suya –la de la cola- deseaba que la pureza de su hermana fuera reflejada de aquella manera, aún pasado los años, le parecía bien. Toda la idea surgió de imitar a Diana de Gales. Aquel día, si que lloró, pero de alegría –esto es diferente- a lo que sentía en este momento.

Alisó con ambas manos su ropa y limpio su trasero de restos de polvo, proveniente de las escaleras transitadas durante el día por abnegados devotos, que asistían cada día a aquel santo lugar.

Subió en su coche, ya eran las 3 de la madrugada y los vecinos del lugar, habían empezado a quejarse de semejante concierto mariano a esas horas de la noche, así que irrumpió en la noche nuevamente sin que nadie pudiera detenerle, en éstos momentos debe ser dueño de su destino, ahora más que nunca.
Se apresuró a arrancar su vehículo, mientras una señora con rollos en la cabeza, comenzaba a gritar desde su ventana cualquier tipo de barbaridades verbales.

Lisboa: I