Cuando, una mañana, Tom despertó, dio gracias al cielo, al notar que todas las partes de su cuerpo ocupaban su respectivo lugar y anatomía.

El viejo despertador, haciendo su sonido artrítico, le indicaba que ya la noche había transcurrido en una pesadilla sin fin. Sus desteñidas sabanas en pleno desorden y aún con el sudor de su cuerpo, le hicieron sentir a salvo, por primera vez, sus sudores masculinos, le pusieron de buen humor. Por primera vez no se quejaba de su poderoso e intenso olor varonil, que no se correspondía con un chico que meramente estaba dedicado a la escritura.

El libro de Kafka, en el suelo le hizo volver en si.

-Por Dios, he llegado a creer que era Gregor Samsa. Se dijo mientras que movía ambas manos a la vez que se limpiaba el pecho de alguna escama imaginaria. Volvió a revisar sus manos y retiro de un solo golpe la parte de la sabana que cubría ambas piernas.

-¡Pensé, que me encontraría con patas llenas de pelos, o algo similar a un escarabajo! Dijo con voz alterada.

Parecía que aún seguía sumergido en su prolija imaginación y dio gracias al cielo que aún continuaba siendo Tom Brand, el mismo chico de tan sólo 23 años, que deseaba ganarse la aprobación de los literatos de la ciudad, con un escrito novel, en el que había depositado todas sus fuerzas. Noches enteras, escribiendo en un ir y venir de palabras, para lograr la conjunción perfecta en su historia. Hilar similitudes antagónicas en los personajes, era una faena dura de crear, sobre todo para una persona de su edad, sin más vivencias que las que te ha dejado la vida, en esos pocos años.

Se dirigió al cuarto de lavabo, se miró al espejo y trato de planchar con una mano su cabellera negra despeinada. Abrió sus ojos de par en par y se convenció que era él, y que lo vivido era tan sólo un sueño, una mala pasada de su imaginación; de ese gran talento –así le solía llamar- ese don, de inventar historias a fuerza de letras.

Sonrió. Encendió su pequeña radio y una vieja canción de Jazz; le terminó de alegrar el día.