Volvió a tener la extraña sensación ¿de qué?, éste no era su sitio. Que la vida le había puesto en el lugar erróneo, en medio de una ciudad extraña, y rodeado de gente con esa misma cualidad. Al parecer nada parecía importarle a sus congéneres más que ellos mismos. Era por eso que la amistad con María, fue afianzándose dentro de los límites de lo posible. Fue ella quién aclaro sus dudas acerca de Moliére y Sartre, usando a Foucault como nuevo icono del pensamiento francés. No fue como lo explico el maestro en clase, era tal y como María se lo había explicado usando sus experiencias, para entender que la vida es un todo. Sin más. Sin otra cosa que el mismo amor propio que ella misma te confiere y que no te puedes dejar pisotear a pesar de las circunstancias. Que sólo bastaba salir un poco a la calle, tomar un café en cualquier terraza y darse cuenta de lo que estaba pasando en el mundo y que se dibujaba en los rostros de cada ciudadano. Que no eran enfermos imaginarios, ni alguna especie de Argan, que se somete a un sin fin de tratamientos sin resultado alguno. Que lo único que continuaba siendo real eran sus acreedores al más puro estilo Béline, esperando su muerte.

Era demasiado joven, como para tener una semejante perspectiva de la vida; pero esto le servía para escribir cada día su historia, la de su vida y la que literalmente lo era. Ya al llegar al vestíbulo del pequeño edificio, abrió la puerta principal – ¡que pesada es! Y sintió el frío de la calle, con olor a humo de coche y estelas de perfume que habían dejado los transeúntes. Quitó el seguro de su bicicleta, y se dispuso a andar. Esta vez quiso ir por el paseo que unía el parque con el centro de la ciudad y allí poco a poco, y pensando siempre en lo mismo, veía como el otoño comenzaba y el sonido de las hojas secas debajo de las ruedas de su bicicleta al quedar destrozadas a su paso. Iría donde siempre, a esa espaciosa biblioteca, viejo lugar donde los rancios libros permanecían quietos a la espera de un lector.

-¡Y pensar que allí esta todo! Pensó. Pero no era fácil extraer toda su esencia y crear algo que nadie haya escrito. Carecía de las palabras, de una gran mayoría de normas que le permitieran escribir como es debido. Que era falso, que un escritor puede hacer su trabajo de la manera que desee y que luego la crítica te aplaudirá sin más, no, no era eso lo que deseaba para él. Se esmeraba en conseguir en medio de tanto aprendiz un estilo novedoso, que no pudiera pasar inadvertido por quienes saben de auténtica literatura.

Tom Brand: I II