Praga I… “Metamorfosis”
Dicen que en la vida lo importante es tener un principio. Si analizamos el sentido literal de esta palabra, sería de la siguiente manera: “Primer momento de la existencia de una cosa”. Me quedo con este concepto de lo que sería nuestra palabra, con ella iniciamos una pequeña historia la cual no promete ser del todo buena o parecida a las demás.
Estando en un pequeño café en un lugar de la ciudad de Praga, llamado Malostranské, donde se reúnen una buena cantidad de turistas, como para que algo interesante suceda. Allí al paso de los tranvías rojos repletos de ansiosos visitantes capaces de devorarlo todo a su paso, llenando sus cerebros con información, que al cabo de un rato confundirán, sin pérdida alguna y olvidarán al dormirse cansados, llegada la noche en sus elegidos hostales.
Entre edificios color beige y terracota, muy cerca de la Iglesia de San Nicolás, antes de iniciar la pendiente que lleva al castillo de la ciudad; en el café que os he dicho, el cual cuenta con una pequeña terraza, con unas cuantas sillas de hierro, forradas en lo que parece un tejido sintético que simula al mimbre; se encuentra degustando un cappuccino, nuestra protagonista. Es una chica de unos 25 años, delgada, con cierto dejo de mirada triste, que se desvanece en el color ámbar de sus ojos. La forma de su vestimenta la dejo a vuestro criterio, digamos que la podéis imaginar cómo os parezca, sin embargo, no quiero que os hagáis una imagen preconcebida de ella. Su nombre es Julie, una chica venida a menos, criada en una familia conservadora, huérfana por parte de madre cuando era tan sola una niña y un padre protector que invirtió tiempo y dinero suficiente para que su única hija fuera una niña de bien, un tipo de fémina de las que escasean cada vez más, capaces de ser beldades andantes en todo el sentido de la palabra.
Con sus pocos años, sabía muy bien lo que deseaba en la vida. Trabajaba en una escuela de Boston, enseñando literatura clásica en un curso de secundaria; eran sus primeras vacaciones fuera de su país y eligió iniciar un recorrido, que terminaría en París.
Fue lo mejor que pudo haber hecho –pensaba- mientras degustaba su taza de café. La directora de la escuela le había despedido, tres semanas antes por desviar sus enseñanzas literarias de lo convencional, dejando a un lado a Dickens y Shakespeare, y esmerándose porque sus pupilos despertarán afición por escritores de la antigua Rusia y uno que otro escritor entrañable del viejo continente.
Sorbió un trago de la tibia bebida, la sostuvo en su boca y tragó lentamente, sintiendo como la misma impregnaba de su grato sabor todo su paladar. No le apetecía pensar en problema alguno; por ahora disfrutaría de Praga, y ya vería cómo se las arreglaría para un nuevo empleo. El viaje había sido largo y tedioso, aún su joven cuerpo no se reponía del cambio de horario. En sus manos una edición de bolsillo “Crimen y Castigo” de Fiódor M. Dostoievski. Era la tercera vez que repetía su lectura, le consideraba un libro perfecto desde cualquier punto de vista, cada palabra, la forma cómo estaba escrito y los sentimientos encontrados de sus personajes ante la culpa por sus creencias. A veces la vida nos ofrece alguna que otra disyuntiva, dejándonos sin poder decidir por alguna de las opciones.
Había crecido entre libros, recordaba como su madre le llevaba cada día después de la escuela a su vieja librería, también cree, que su interés por éste tipo de lectura, fue inculcado de manera directa por ella misma, prohibiéndole de manera rotunda leer algún libro de lo que ella consideraba “lectura comunista”; allí en un sector de la vieja biblioteca, casi al final de la misma, en un pequeño compartimiento dedicado a ello, nunca vio a nadie que preguntará por ellos –al menos mientras ella permaneció allí- no sabía si en otras horas, mientras que el local permanecía abierto, alguien interesado vendría por uno. Los contaba cada día y con disimulo, leía sus lomos, quería aprender cada título, cada nombre de esos autores: V. Zhukovsky, Turguenev, Stendhal, Kafka y hasta el mismo Dostoievski.
Creo que la razón era evidente, en su país se guardaba cierto recelo a este tipo de temas, la guerra fría marcaba cierto temor en su nación, tal vez por ello su madre, prefería evitar que su única hija, se involucrara en lecturas que luego pudieran ser reveladas por la niña en una escuela conservadora del viejo Boston, razón por la que podría ser expulsada y ellos verse en un grave problema.







renaciendo dijo
no solo la culpa ante nuestros pensamientos sino tambien una sociedad que prefiere que no pienses por ti mismo nos lleva a fuertes encontronazos internos
Supongo que Julie lo resolvera en algun momento. Y como todo comienzo, es una pequeña historia que promete ser contada para empezar, luego quedaras contento o no con el resultado
Besos
21 Octubre 2008 | 05:11