Praga IX… “La Música”
Sintió uno de esos arrebatos internos en los que todo se revuelve en el espíritu. Unos niños jugaban de un lado a otro, sin que sus padres hicieran algo por impedirlo. Un coche, que parecía ser de uso oficial, subió la cuesta, mucho más veloz de lo que debería ser. Nada paso. Ya sus días en Praga, llegaban a su final y aquel sentimiento era el mismo de siempre; no sabía, si algún día sería lo que tanto anhelaba –tal vez no, pensó- era una tarea muy ardua, decir o contar al mundo su verdad. Si era un escritor, de lo que llaman ficción, crearía obras adecuadas a ciertas situaciones, complacería un público que gusta de esas historias. Pero, si se dedicará a escribir acerca de la verdad cotidiana y a criticar la forma cómo la vida y el sistema nos manejan, sería un existencial en potencia y esto no es del agrado de muchas personas.
Caminaba, mientras se encontraba sumergido en sus pensamientos. Perdía la noción de dónde y por qué estaba en cualquier sitio. Siempre le sucedía de pequeño, eran una especie de ausencia, que le llevaban a mundos superiores y literarios, una especie de comunión con su SER, dónde no era esclavo de criticas, ni asuntos terrenales. Dónde sólo el placer por la palabra era un TODO, donde una vez pasada la emoción, casi todo quedaba olvidado y sin registro alguno para poder compartirlo con el mundo. Dónde la hipocresía de las letras, no tenía cabida. Ese era el estado más preciado por su ser. El que le guió a ser lo que era. Un joven rebelde, con una mochila a sus hombros, unos cuantos libros dentro de ella y una chaqueta color marrón con muchos años encima. Estaba solo, se sentía libre, en la cima de Praga, como si el mismo Kafka le hubiese poseído, como si su héroe navegara en su mente. Lo tenía, el nombre y los hechos, todo lo había conseguido y se sintió feliz de ser él mismo y dueño de su futuro.
Así, sin detenerse en detalles fue a los jardines del Gran Castillo y comenzó a sentir como la lluvia empapaba su rostro, lleno de pecas y manchas de sol, que se habían hecho a lo largo de los grandes paseos con su padre por los bosques Irlandeses. Hasta le pareció sentir el sonido del mar y su esplendor bajo los días de invierno. Era feliz, necesitaba decirlo, era esa especie de aura, hermosa, única, que lo hacía despejarse de toda su tristeza, su Crimen y Castigo, su maestro interno, que dictaba miles de palabras En su mente y que no le importaba perder al no escribirlas de manera inmediata, era el éxtasis literario.
Corrió hacía una especie de pequeño refugio estilo neoclásico, desde dónde los rayos podían verse sobre la ciudad al paso de la tempestad. Se detuvo allí, con una sonrisa en los labios, tal vez la mejor que nunca había tenido.
Fue cuando su mirada cruzó con la Julie, que huía también de la lluvia. Solo él y ella, los demás fueron a las puertas laterales de los jardines. Allí con una pequeña brisa que humedecía el aire. Él, levanto su cabeza luego de sacudir el agua de su ropa y dijo:
-Hola, ¡Vaya tormenta que cae!
Ella respondió:
-Hola, es cierto. He visto peores…
Hernann, dejo caer el audífono de su oreja derecha, cuando venía la siguiente canción…









eltioantonio dijo
Esta sencilla historia, esta dedicada a quienes hicieron posible que un escritor como Frank Kafka, tuviera la oportunidad de estar con nosotros y dejarnos su preciado legado.
A Julie Lowy y Hermann Kafka.
Antonio Alviárez
9 Noviembre 2008 | 12:52 AM