-Sí lo recuerdo perfectamente: Afabilidad, simpatía y delicadeza… ¿Así es… no? Ella sonrió al escucharle.

-Así mismo Orlando… Recuerda que somos amantes de las letras y eso nos hace diferentes a tal punto que a veces nos evadimos de nuestra realidad.

-Pero Isabel, es lo que nos hace distintos y de cierta manera afortunados.

-Sí, que lo somos, seguro que sí.

Pidieron unas cuantas cervezas más que acompañaron de algunas tapas. Transcurrieron tres horas, sin apenas notarlo. Orlando, se levantó de la mesa y miró a través del cristal, cómo queriendo supervisar el exterior. Pero todo estaba tranquilo. Ella le seguía con la mirada. Esperaba que él, diera una señal para ella levantarse tomar su abrigo y salir juntos a la calle de nuevo, y así fue. Caminaron por las estrechas calles, que lucían solas a pesar de ser casi de noche. En medios de esos dédalos ni siquiera notaron cuando se encontraban en el centro de Sevilla.

Un niño perturbaba el sueño del que parecía ser su perro y La Giralda, les servía de testigo.

-¡Un Nicolasito Pertusato cualquiera!... Dijo Isabel, mientras miraba la escena. Orlando, sonrió.

-Es hora que aceptemos la ayuda de nuestro anciano amigo Francisco, ha dicho que tiene algo que puede interesarte. Orlando, recordó aquel ofrecimiento.

Su pasión por las letras una vez más, hacia de las suyas en su mente y cuerpo. Fueron en busca de un viejo hombre que ha cuidado por años, los sótanos de la catedral de Sevilla.

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