Sevilla VII… “El Pasado"
Francisco, les recibió con un gesto amable. Así le pareció a Orlando. Isabel, no pronunció palabra. Se trataba de una persona que conocía tiempo atrás, cuando su padre le llevaba a visitarle. Siempre charlaban de temas que ella no llegaba a comprender. Ya los había olvidado. Siempre se quedó con ganas de poder interpretar con su intelecto adulto, lo que ambos charlaban por horas. Cosa que a ella le pareció de un extremo aburrimiento en su momento.
Orlando, por el contrario se mostró muy interesado en conocerle y hacerle un montón de preguntas acerca de algunos manuscritos que permanecían en aquel lugar.
-¿Así que eres el joven profesor inglés de quien mi querida Isabel, hizo mención? Dijo el senil hombre.
-Así mismo Don Francisco, soy yo. Mi nombre es Orlando.
-Un apasionado de Dickens, por lo que he oído. Dijo Francisco, con una mueca de risa en su cara, que más bien se asemejaba a una burla.
Orlando, no lo notó en lo absoluto. Era un hombre el cual sólo fija su mente en el objetivo del momento. Lo que su pensamiento desea con absoluta obsesión. Sabía que: Ser así le traía problemas. Pero era parte de su naturaleza y a menos que la vida le jugara una mala partida, esto no tendría remedio. Existen personas en el mundo, los cuales parecen conseguir una especie de placer en estrellar sus deseos contra una pared una y otra vez. Orlando, era uno de ellos.
-Muchacho, antes de desvelarle algunos secretos de éste lugar, quiero que me des una razón valedera de por qué le agrada tanto ese autor. Dijo el anciano sin mostrar el mínimo recato. –Y no quiero escuchar que sólo porque se trata de un famoso escritor compatriota, le admiras con devoción.
Orlando pareció no gustarle mucho la pregunta. Nunca había hablado de ello antes. Ni a siquiera Isabel, siendo su mejor amiga.
No es que se tratara de algo que no pudiera saberse. Pero si era algo muy suyo, algo intimo. Nosotros los seres humanos a veces nos empecinamos en embolsillarnos algunas cosas, que parecen no tener importancia alguna más que para su poseedor.
Orlando se lo pensó. Era muy reservado en sus cosas y no tenía ni el mínimo interés en compartirlas con un extraño. Pero no tenía otra opción o así al menos parecía serlo. Tragó de golpe la saliva que permanecía en su boca de manera brusca, tratando de no atragantarse, pero fue en vano, un acceso de tos, hizo que apareciera el nerviosismo de niño.
Una vez recuperado, miró a los ojos del hombre, que estaba atento a que él, comenzara a contar el por qué de su afición.
-Si debo contarle algo tan mío, espero llegue a comprenderlo, si le suena trivial. Dijo Orlando, con aire ofendido -Sino es importante para usted, espero respete lo que le voy a decir…
-Cada navidad, mi madre y yo, solíamos ver una vieja versión cinematográfica del Cuento de Navidad de Dickens. Orlando hizo una pausa: Una vez en una reunión familiar de Pascuas, ella quiso hacer una representación de esa obra, de manera improvisada.
-¡Muy interesante! Irrumpió el viejo.
Isabel, permanecía callada e interesada en escuchar el resto. Orlando, continúo.




jotatrujillo dijo
Reconocerás, amigo Antonio, que es difícil coger el ritmo de la narración después de tanto tiempo. Dejamos a tus protagonistas en los primeros días de febrero y vuelven ahora cuando ya la primavera hace de las suyas en Sevilla. Seguro que urgentes motivos ha debido haber, para este parón. No lo tomes como critica, sino más bien como extrañeza. Sabes que seguiremos sus pasos con al misma asiduidad con la que siempre lo hemos hecho. La verdad es que echaba de menos tus escritos y tus siempre amables comentarios. Un abrazo y bien venido.
19 Mayo 2009 | 12:59 PM