Francisco, les recibió con un gesto amable. Así le pareció a Orlando. Isabel, no pronunció palabra. Se trataba de una persona que conocía tiempo atrás, cuando su padre le llevaba a visitarle. Siempre charlaban de temas que ella no llegaba a comprender. Ya los había olvidado. Siempre se quedó con ganas de poder interpretar con su intelecto adulto, lo que ambos charlaban por horas. Cosa que a ella le pareció de un extremo aburrimiento en su momento.
Orlando, por el contrario se mostró muy interesado en conocerle y hacerle un montón de preguntas acerca de algunos manuscritos que permanecían en aquel lugar.
-¿Así que eres el joven profesor inglés de quien mi querida Isabel, hizo mención? Dijo el senil hombre.
-Así mismo Don Francisco, soy yo. Mi nombre es Orlando.
-Un apasionado de Dickens, por lo que he oído. Dijo Francisco, con una mueca de risa en su cara, que más bien se asemejaba a una burla.
Orlando, no lo notó en lo absoluto. Era un hombre el cual sólo fija su mente en el objetivo del momento. Lo que su pensamiento desea con absoluta obsesión. Sabía que: Ser así le traía problemas. Pero era parte de su naturaleza y a menos que la vida le jugara una mala partida, esto no tendría remedio. Existen personas en el mundo, los cuales parecen conseguir una especie de placer en estrellar sus deseos contra una pared una y otra vez. Orlando, era uno de ellos.
-Muchacho, antes de desvelarle algunos secretos de éste lugar, quiero que me des una razón valedera de por qué le agrada tanto ese autor. Dijo el anciano sin mostrar el mínimo recato. –Y no quiero escuchar que sólo porque se trata de un famoso escritor compatriota, le admiras con devoción.
Orlando pareció no gustarle mucho la pregunta. Nunca había hablado de ello antes. Ni a siquiera Isabel, siendo su mejor amiga.
No es que se tratara de algo que no pudiera saberse. Pero si era algo muy suyo, algo intimo. Nosotros los seres humanos a veces nos empecinamos en embolsillarnos algunas cosas, que parecen no tener importancia alguna más que para su poseedor.
Orlando se lo pensó. Era muy reservado en sus cosas y no tenía ni el mínimo interés en compartirlas con un extraño. Pero no tenía otra opción o así al menos parecía serlo. Tragó de golpe la saliva que permanecía en su boca de manera brusca, tratando de no atragantarse, pero fue en vano, un acceso de tos, hizo que apareciera el nerviosismo de niño.
Una vez recuperado, miró a los ojos del hombre, que estaba atento a que él, comenzara a contar el por qué de su afición.
-Si debo contarle algo tan mío, espero llegue a comprenderlo, si le suena trivial. Dijo Orlando, con aire ofendido -Sino es importante para usted, espero respete lo que le voy a decir…
-Cada navidad, mi madre y yo, solíamos ver una vieja versión cinematográfica del Cuento de Navidad de Dickens. Orlando hizo una pausa: Una vez en una reunión familiar de Pascuas, ella quiso hacer una representación de esa obra, de manera improvisada.
-¡Muy interesante! Irrumpió el viejo.
Isabel, permanecía callada e interesada en escuchar el resto. Orlando, continúo.

-¡Querido Orlando! Replico esta vez ella, tomándole de ambas manos. –Esto se ha convertido en una especie de amor platónico del cual no se ha cumplido debidamente sus aspectos, hemos presenciado el ofrecimiento, la aceptación y aún no tenemos la devolución… -Olvídalo de una vez por todas y sigue impartiendo tus clases, que ya son famosas en la escuela de literatura. Isabel, le miraba con cierta ternura.
-Es cierto, Isabel. Dijo Orlando bajando su cabeza y mientras apretaba ambas manos con fuerza sobre la mesa.

Su padre –según ella recuerda- casi echa la puerta abajo, de la pequeña librería. Julie, abrió el pórtico lo más rápido posible y él, al entrar en su desesperada carrera, lo primero que hizo fue abrazar a la niña que se encontraba bastante asustada. La tomó entre sus brazos y la beso desesperadamente. Ella, lloraba sin saber los por qués.
Julie, había dejado la gran cuesta empedrada atrás. Se había detenido a ver las tiendas de souvenir; algunas masajistas orientales en pequeños locales le habían ofrecido un masaje, el cual hubiese querido permitirse, pero no fue así.