
Orlando se sintió ridículo. Las mismas emociones de “niño estúpido” se apoderaron de él, sin más. Volvía nuevamente a tener que citar aquellas frases del famoso escritor, que para él fueron más fáciles de memorizar con aquel viejo film donde Albert Finney, era protagonista.
Es el momento cuando el espectro de su socio fallecido Jacob Marley se aparece frente al huraño Scrooge:
-¿Qué quieres de mi?
-¡Mucho!
Orlando, había tomado una actitud algo solemne, continuo…
-¿Quién eres?
-En tu vida era tu socio… Jacob Marley
-¿Puedes sentarte?
-Claro que puedo sentarme
-¡Entonces hazlo!
En ese momento el espectro se sienta en el aire, bajo la perplejidad de Scrooge
-No crees que pueda ser yo ¿Verdad?
-No, no lo creo
-¿Por qué dudas de lo que ven tus propios ojos?
-
Porque tengo algunos trastornos de estómago, y eso sin duda, han afectado mi vista. Eres una alucinación. Probablemente debida a… un trozo de carne sin digerir… O a un trozo de mostaza… O a un pedacito de queso… O a una patata podrida. ¡Sí! Eso es lo que eres una patata podrida… ¡No existes Jacob Marley! ¡Paparruchas! Te lo digo yo un montón de…
En ese momento Scrooge, es silenciado por un súbito arranque de ira del espectro que se eleva por los aires golpeando sus cadenas…
Isabel, le miraba fijamente. Por primera vez desde que le conocía le atrajo de una manera diferente, como si aquellas frases estuvieran cargadas de cierto erotismo. Francisco, por otro lado, le observaba con cierto orgullo.
-Ya está bueno. Dijo éste último
Todos salieron del encanto que les había producido aquel dialogo del Cuento de Navidad. Al girarse y decirles que le siguieran, Francisco, esquivó la mirada de ambos. No deseaba que le vieran con los ojos humedecidos. Era un hombre sensible, pero no lo mostraba casi nunca a nadie.

Orlando se lo pensó. Era muy reservado en sus cosas y no tenía ni el mínimo interés en compartirlas con un extraño. Pero no tenía otra opción o así al menos parecía serlo. Tragó de golpe la saliva que permanecía en su boca de manera brusca, tratando de no atragantarse, pero fue en vano, un acceso de tos, hizo que apareciera el nerviosismo de niño.
-
Un niño perturbaba el sueño del que parecía ser su perro y La Giralda, les servía de testigo.
-¡Querido Orlando! Replico esta vez ella, tomándole de ambas manos. –Esto se ha convertido en una especie de amor platónico del cual no se ha cumplido debidamente sus aspectos, hemos presenciado el ofrecimiento, la aceptación y aún no tenemos la devolución… -Olvídalo de una vez por todas y sigue impartiendo tus clases, que ya son famosas en la escuela de literatura. Isabel, le miraba con cierta ternura.
-Es cierto, Isabel. Dijo Orlando bajando su cabeza y mientras apretaba ambas manos con fuerza sobre la mesa.

-Orlando, es importante que leas mucho y explores dentro de los grandes de las letras Solía hablar de una manera extraña, cuando salíamos de aquel lugar. Usaba un vocabulario que a veces no entendía; pero que ella luego explicaba con exactitud. Extraño ser. Una mujer obrera de fábrica que sólo asistió a la primaria y un poco más.
A él no le importó que ella no asistiera a la cita. Eran las cuatro de la tarde y el frío castigaba todo lo que se encontraba a su paso en La Alameda. Su plaza pintada de amarillo hasta más no poder, no dejaba indiferente a nadie.
Se calmó un poco y decidió no ser “tan existencial” ésta vez. Se dirigió a un pequeño bar de tapas, donde tuviera buena vista del lugar acordado. Ya han trascurrido treinta minutos y ella, no da visos de vida alguna.