La Coctelera

Categoría: Niños

Sevilla VIII… “Dickens”

Orlando se sintió ridículo. Las mismas emociones de “niño estúpido” se apoderaron de él, sin más. Volvía nuevamente a tener que citar aquellas frases del famoso escritor, que para él fueron más fáciles de memorizar con aquel viejo film donde Albert Finney, era protagonista.

Es el momento cuando el espectro de su socio fallecido Jacob Marley se aparece frente al huraño Scrooge:

-¿Qué quieres de mi?

Mucho!

Orlando, había tomado una actitud algo solemne, continuo…

-¿Quién eres?

-En tu vida era tu socio… Jacob Marley

-¿Puedes sentarte?

-Claro que puedo sentarme

Entonces hazlo!

En ese momento el espectro se sienta en el aire, bajo la perplejidad de Scrooge

-No crees que pueda ser yo ¿Verdad?

-No, no lo creo

-¿Por qué dudas de lo que ven tus propios ojos?

-Porque tengo algunos trastornos de estómago, y eso sin duda, han afectado mi vista. Eres una alucinación. Probablemente debida a… un trozo de carne sin digerir… O a un trozo de mostaza… O a un pedacito de queso… O a una patata podrida. ¡Sí! Eso es lo que eres una patata podrida… ¡No existes Jacob Marley! ¡Paparruchas! Te lo digo yo un montón de…

En ese momento Scrooge, es silenciado por un súbito arranque de ira del espectro que se eleva por los aires golpeando sus cadenas…

Isabel, le miraba fijamente. Por primera vez desde que le conocía le atrajo de una manera diferente, como si aquellas frases estuvieran cargadas de cierto erotismo. Francisco, por otro lado, le observaba con cierto orgullo.

-Ya está bueno. Dijo éste último

Todos salieron del encanto que les había producido aquel dialogo del Cuento de Navidad. Al girarse y decirles que le siguieran, Francisco, esquivó la mirada de ambos. No deseaba que le vieran con los ojos humedecidos. Era un hombre sensible, pero no lo mostraba casi nunca a nadie.

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Sevilla VII… “El Pasado"

Francisco, les recibió con un gesto amable. Así le pareció a Orlando. Isabel, no pronunció palabra. Se trataba de una persona que conocía tiempo atrás, cuando su padre le llevaba a visitarle. Siempre charlaban de temas que ella no llegaba a comprender. Ya los había olvidado. Siempre se quedó con ganas de poder interpretar  con su intelecto adulto, lo que ambos charlaban por horas. Cosa que a ella le pareció de un extremo aburrimiento en su momento.

Orlando, por el contrario se mostró muy interesado en conocerle y hacerle un montón de preguntas acerca de algunos manuscritos que permanecían en aquel lugar.

-¿Así que eres el joven profesor inglés de quien mi querida Isabel, hizo mención? Dijo el senil hombre.

-Así mismo Don Francisco, soy yo. Mi nombre es Orlando.

-Un apasionado de Dickens, por lo que he oído. Dijo Francisco, con una mueca de risa en su cara, que más bien  se asemejaba a una burla.

Orlando, no lo notó en lo absoluto. Era un hombre el cual sólo fija su mente en el objetivo del momento. Lo que su pensamiento desea con absoluta obsesión. Sabía que: Ser así le traía problemas. Pero era parte de su naturaleza y a menos que la vida le jugara una mala partida, esto no tendría remedio. Existen personas en el mundo, los cuales parecen conseguir una especie de placer en estrellar sus deseos contra una pared una y otra vez. Orlando, era uno de ellos.

-Muchacho, antes de desvelarle algunos secretos de éste lugar, quiero que me des una razón valedera de por qué le agrada tanto ese autor. Dijo el anciano sin mostrar el mínimo recato. –Y no quiero escuchar que sólo porque se trata de un famoso escritor compatriota, le admiras con devoción.

Orlando pareció no gustarle mucho la pregunta. Nunca había hablado de ello antes. Ni a siquiera Isabel, siendo su mejor amiga.

No es que se tratara de algo que no pudiera saberse. Pero si era algo muy suyo, algo intimo. Nosotros los seres humanos a veces nos empecinamos en embolsillarnos algunas cosas, que parecen no tener importancia alguna más que para su poseedor.

Orlando se lo pensó. Era muy reservado en sus cosas y no tenía ni el mínimo interés en compartirlas con un extraño. Pero no tenía otra opción o así al menos parecía serlo. Tragó de golpe la saliva que permanecía en su boca de manera brusca, tratando de no atragantarse, pero fue en vano, un acceso de tos, hizo que apareciera el nerviosismo de niño.

Una vez recuperado, miró a los ojos del hombre, que estaba atento a que él, comenzara a contar el por qué de su afición.

-Si debo contarle algo tan mío, espero llegue a comprenderlo, si le suena trivial. Dijo Orlando, con aire ofendido -Sino es importante para usted, espero respete lo que le voy a decir…

-Cada navidad, mi madre y yo, solíamos ver una vieja versión cinematográfica del Cuento de Navidad de Dickens. Orlando hizo una pausa: Una vez en una reunión familiar de Pascuas, ella quiso hacer una representación de esa obra, de manera improvisada.

-¡Muy interesante! Irrumpió el viejo.

Isabel, permanecía callada e interesada en escuchar el resto. Orlando, continúo.

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Praga VI… “La Madre”

Julie, había dejado la gran cuesta empedrada atrás. Se había detenido a ver las tiendas de souvenir; algunas masajistas orientales en pequeños locales le habían ofrecido un masaje, el cual hubiese querido permitirse, pero no fue así.

Una vez arriba en el mirador del Castillo, se tomó un tiempo para descansar y disfrutar de las vistas de la ciudad. Techos rojos entrelazados, con monumentos que rompían la monotonía con sus puntiagudas cúspides hechas de bronce. Le recordó las imágenes de las ciudades de sus cuentos infantiles, los que devoraba en un santiamén y llegaron a cansarle. Siempre quiso más a nivel literario, era una especie de sed que no terminaba de saciar.

Se sintió algo triste por lo vivido. Por cómo había sido su vida y que su padre no estuviera a su lado para ver éstos parajes junto a ella. Recordó sus palabras: “Nada debe hacer que tu alma pierda la entereza y la alegría de vivir”

Su padre usaba esta frase, cuando en realidad lo peor lo había vivido de niña, cuando su madre que ella daba por muerta, les había abandonado sin decir nada.

Una mañana de sábado mientras su padre se encontraba en casa haciendo algunas faenas de carpintería y ella acompaño a su madre a la pequeña librería –como era habitual- en su tiempo libre. Cargando con su mochila para hacer deberes escolares mientras le servía de compañía a mamá en aquel acogedor lugar. Madre, dijo que iría por un desayuno para ambas, que traería algunas pastas rellenas de chocolate y té caliente y que desayunarían ambas como nunca lo habían hecho y así fue.

Aún le parece sentir aquel olor tibio de aquellos pasteles y el té caliente que bebía a pequeños sorbos, mientras reía con su madre que le abrazaba de vez en cuando. Se sentía segura y feliz, no hay nada más hermoso que sentirse cobijado por un ser querido, en éste caso su progenitora. Una vez terminado el desayuno; ella dijo que iría a devolver los platos y tazas que el pastelero de la esquina le había cedido –como siempre-, entonces sucedió lo inevitable. Su madre, nunca regresó, le espero todo el día angustiada. Cerró la pequeña librería y permaneció encerrada hasta llegada la tarde cuando su padre fue a buscarle angustiado con una carta en su mano, dónde su madre le explicaba por qué les abandonaba.

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De Caracas a Madrid...


Toto , no era consiente de lo que se le venía encima. Sus días al lado de Ariadna, eran los mejores de su perra vida. En un país, donde la esperanza es golpeada cada día y sus habitantes son sumergidos en una pusilanimidad nunca antes vista en la patria de Bolívar. Todo parecía transcurrir en una falsa tranquilidad.

Fue hasta el día en que Lennis, harta de tanta inseguridad y cambios constitucionales, que retiran la patria potestad de sus hijos, convirtiéndoles en propiedad de una fatua republica formada por oportunistas de poder y premiadores de miserables dádivas a sus seguidores, quedando para los más grandes, maletines llenos de misteriosos dólares de los cuales nadie parece ser dueño al ser descubiertos en cualquier famoso aeropuerto argentino. Todo un frondoso caos, en la que la fiesta mayor, solo reservada para los lisonjeros del régimen los cuales en ningún momento muestran algún sentimiento de piedad por su tierra ni por los desdichados que mueren cada día en manos de la delincuencia. Egoístas, como los de un film de horror a los que solo importa su miserable humanidad.

Aquel día Héctor , vio que su impotencia llegaba a la cúspide. Estaba decidido. Abandonar todo. Hacer el papeleo necesario y largar lejos en contra del dolor que esto causa en la vida familiar, al dejar parientes y romper con toda su identidad en pro de una existencia mejor para sus pequeños hijos.

Ariadna y su pequeño hermano no entendían de qué iba el asunto. Más Toto, un pequeño chucho corrido en siete calles, presentía lo que esto representaba. Lennis entre tanta tribulación olvido qué sería de la vida de Toto sin ellos. Este último preso de una inmensa inquietud, no se hacía a la idea de volver a las peligrosas calles de Caracas, a su vieja vida de vagabundo, luego de haber sentido el cariño de una hermosa familia.

Así fue, como el día llegó y tras varias noches durmiendo en brazos en Ariadna, quien se dormitaba entre sollozos y charlas de consuelo para su fiel amigo hacia que el dolor de Toto se acrecentará más y más. Habían consultado a varios familiares pero nadie mostró interés en hacerse cargo de un perro que carecía de raza definida y por lo tanto no sería muestra del buen gusto de su propietario. Abandonarle sin más en el mismo lugar donde fue encontrado. A lo mejor allí los recuerdos le facilitarían olvidar su etapa de perro hogareño.

Llegada la fecha, Ariadna y su hermano fueron llevados a casa de sus abuelos para la despedida y en aquel momento Lennis, le dejaría en Parque Central. Toto, no se lo podía creer, era realmente duro volver allí y mucho más sin el cariño de su dulce Ariadna. Fue cuando el entendió, que ni los perros escapaban del dolor a causa del régimen...

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Bogotá X… “A Dios le Pido”

No me pregunten, cómo me sentía. Creo que si alguno de ustedes ha vivido alguna desgracia en sus vidas o algo que se le parezca, por muchos intentos, en poder explicar cada momento, alguna sensación, lo que sea. Todo se queda corto a la vivencia propia, y así fue.

Gloria, yacía tendida en el suelo en un charco de sangre, medio inconsciente y quejándose de un intenso dolor en la parte baja de su vientre. Estaba pálida, con un color que nunca he visto –aún el más muerto de hambre- no posee este tono de piel. Solo los cadáveres que por circunstancias de la vida, he podido ver tirados en la calle, luego de alguna matanza ocasionada por vándalos. No me culpen de pusilanimidad, nunca he tenido esa característica en mi personalidad, de haberlo hecho, me hubiese quedado muerto a la primera. Siempre he luchado por lo poco que puedo conseguir y creo que les he demostrado, que ella me importa mucho; así que corrí estoicamente hasta la puerta y al llegar a ella, poseía un mecanismo para ser abierta solo desde afuera –fue por ello- lo del sonido extraño que hizo cuando entramos aquí. Si no tenías la llave, no era posible abrirla desde dentro. La golpee todo lo que pude –puedo jurarlo- pero no resultó porque nadie vino en nuestra ayuda hasta pasado dos días, cuando yo también desfallecía de cansancio, sed, llanto, al ver cómo Gloria moría sin poder hacer nada, esta vez la lluvia solo sirvió para acallar mis llantos y gritos, mientras que ella abandonada esta vida que fue suficientemente cruel con ella.

Fue un bibliotecario –por la buena de Dios- que debió traer algunos libros hasta esta necrópolis literaria y nos encontró, mientras yacíamos en el suelo. Cuando desperté, Sebastián estaba a mi lado y lo primero que hice fue abrazarle fuertemente y llorar sin parar, Él, me tranquilizó. Aún a sabiendas que Gloria había fallecido, pregunté por ella. Sebastián, me explicó que estaba de meses y un aborto repentino le hizo perder sangre en demasía y su frágil cuerpo, no estaba preparado para asumir un estado como ese. Ya no sé, si, él me lo dijo de esta manera que les cuento. Pero una vez más grite sin parar, él, solo me abrazó fuertemente sin dejarme nunca más ir de su lado.

De su amor por mi y su pasión por la lectura hizo de mi un buen hombre.

Ahora, cuando ya con 37 años, me decido a contar esta historia. Que no sé si alguien querrá leer, pues una historia de un niño de la calle, no es algo que sea apetecible para un grupo de lectores interesados por temas de más de actualidad y sexo –por qué no decirlo- pero lo primero es una completa realidad de muchas ciudades, sin que se haga nada al respecto. La escribo para que llegue a dónde deba llegar y me conformó si algún buen corazón al menos eleva una oración para apalear el dolor de estos ángeles vagabundos o “huele pega” –así les llaman, por esto de la inhalación de pegamento- que el mundo decidió traer aquí, para luego dejarlos a la intemperie como un perro en época de verano en las ciudades europeas. Este es casi la culminación de la historia, un libro que pronto debido a mi cargo en un importante periódico de Bogotá, será publicado sin muchos tropiezos y estará en las librerías de todo el país. No todos los días, un chico abandonado logra ser recogido a tiempo y se le brinda una oportunidad de ir a la escuela y ser ahora un profesional de la comunicación. A lo mejor, muchos de los inventos o progresos de los que espera el mundo con ansiedad, están en las mentes abandonadas de alguno de estos “gamines” pero la realidad es que nunca llegaremos a disfrutar de los mismos, porque se marcharán pronto con ellos, porque el destino, por una especie de selección natural destruye sin piedad lo que encuentra a su paso. En cierta manera, aliviando el dolor y la pena insoportable de ser un mendigo de corta edad. Podría continuar, pero un pequeño ser ha llegado a mi estancia y reclama mi presencia en la reunión de su cumpleaños, con un: ¡Papá, estamos esperando por ti! Y una sonrisa en sus labios –la más bella que puedan imaginar- me subyuga tan profundamente y solo puedo cargarlo en mis brazos y amarlo, como también alguien lo hizo conmigo.

Una vez afuera. La alegría al ver mi presencia en el salón, llena a mi esposa Marietta y a mi padre Sebastián, que espera ansioso un año más, para partir el pastel de cumpleaños de su nieto. Se levanta del sillón y nos abraza a ambos –como si no quisiera- abandonarnos nunca. No como lo hizo mi pequeña Gloria, aquel día.

FIN

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Bogotá IX… “Los Caminos de la Vida”

Dimos varias vueltas por el recinto –era enorme- no sé cuánto, pero lo era. Creo que se trataba del sótano del lugar. Nunca olvidaré como la luz se colaba en medio de las pilas de libros. Incluso nuestra piel, reflejaba, aquel tono ocre de las pequeñas lámparas. Para ser exacto, era similar al de un lugar iluminado solo por la luz de varios cirios –era misterioso, fantasmagórico- pero apasionante y hermoso. Afuera comenzaba a llover como en Macondo y por un momento me sentí cobijado en este lugar.

Gloria, estaba dando una vuelta y rebuscando, como si deseará encontrar algo que fuera de su interés. Abrió algunos libros paso las páginas y comentó que eran solo letras, quería uno con imágenes –fue lo que pensé- como no sabia leer. Estos libros, representaban una nueva humillación a la cual someterse y creo que no estaba dispuesta a asumirla. Yo camine, por entre los mesones, mi sombra se reflejaba en las paredes, como una larga imagen. Las mesas eran muy altas y con mi cabeza en alto, podía ver algunos libros aislados, pero no los que se encontraban en la cima de los cúmulos formados por estos. Así que no podía pensármelo más, debía trepar encima y de esta manera conseguir sentirme el rey del lugar. Nunca lo he explicado antes. Esta es la sensación que me produce el leer. Tener una doble vida, vivir las aventuras de muchos personajes, cosas y momentos que a lo mejor nunca podrás experimentar en tu vida y que están allí en medio de frases que se entrelazan y forman la prosa perfecta que hace viajar nuestra imaginación.

Con algo de empeño, pronto me encontraba encima de un largo mesón, este emitió un ligero crujido, semejante al de una puerta vieja que es abierta de golpe. Creo que se debía al estiramiento de la madera, que era vuelta a la vida al soportar mi peso y ya no permanecer inerte ante el lastre de un montón de libros quietos durante quién sabe, cuánto tiempo.

Gloria, al verme, hizo lo mismo y en un momento se encontraba subida en el mismo mesón. Como estaba alejada de dónde me encontraba, comenzó a dar pasos por entre las columnas de libros. Con una gracia femenina –esa que poseen algunas mujeres- podía tal cual bailarina, desplazarse sin causar el mínimo toque a los volúmenes. Una vez entre ellos como una gigante en una ciudad de papel; comenzó a cantar un viejo vallenato mientras que yo le observaba perplejo. Su voz cálida y sencilla, me dejo ver a la niña triste que a pesar de todo, sufría los lastres de la vida. Aún recuerdo aquellas frases en mi mente: “Los caminos de la vida, no son lo que yo esperaba. No son lo que yo creía, no son lo que imaginaba… Los caminos de la vida son muy difícil de andarlos, difícil de caminarlos y no encuentro la salida”… Aún recuerdo aquel triste y bello momento. Mi mirada se empaño. Quise compensarla y lo primero que se me cruzó ante mis ojos, fue un poemario de Andrés Eloy Blanco, soplé su cubierta y el polvo que aún quedaba encima lo limpié con la parte delantera de mi camiseta azul.

-¡Un momento señorita! Grite de manera solemne

Ella guardó silencio. Se intrigó al verme con el libro entre mis manos.

-¿Qué tienes allí…¿Qué piensas leer? -A ver si lo sabes hacer bien. Dijo y luego callo

Abrí el pequeño libro y el poema inicial llamado “Silencio” fue el elegido casualmente para el momento. Aclaré mi voz, como si se tratase de un tenor preparándose para la ópera. Mientras tanto Gloria apoyo ambos codos sobre la portada de unos grandes libros y presto atención. Yo empecé mi lectura y si soy honesto me sentí conmovido por las letras de esta poesía:

Cuando tú te quedes muda,
cuando yo me quede ciego,
nos quedarán las manos
y el silencio.

Cuando tú te pongas vieja,
cuando yo me ponga viejo,
nos quedarán los labios
y el silencio.

Cuando tú te quedes muerta,
cuando yo me quede muerto,
tendrán que enterrarnos juntos
y en silencio;

y cuando tú resucites,
cuando yo viva de nuevo,
nos volveremos a amar
en silencio…

Gloria, escuchó cada palabra en silencio –como el nombre del poema- lo puedo jurar, pensativa no emitió palabra alguna; así durante un rato, aún después de haber terminado de leerlo. Fue ella misma la que rompió la calma.

-¡Pelao, luego leeremos otros libros! Ahora juguemos. Dijo y no tardo en saltar desde lo alto de la mesa

Yo le seguí en la proeza. Ambos muertos de la risa por la sensación de ligero dolor en nuestras jóvenes rodillas al golpe de la caída. Me acerqué a ella –allí solos- no fue hasta acercarme que ví la cara petrificada de Gloria y el charco, que alimentado por la sangre que bajaba entre sus piernas crecía cada vez más a sus pies… Ella no tardó en desplomarse y perder el sentido. Fue cuando comencé a gritar…

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Bogotá VIII… “Cementerio de Libros”

Un grito de Gloria me saco del embobamiento en que me encontraba. Al girar mi cabeza pude ver como ella, se abalanzaba sobre mi, interponiéndose entre el personaje antes descrito y yo.

-¡No le harás ningún daño, tendrás que matarme para hacerlo! Dijo casi a pleno grito

Yo no entendía nada. El hombre lucía incomodo y un guardia que pasaba por allí se apresuró rápidamente a donde nos encontrábamos, para ver que sucedía. Fue en ese momento cuando Gloria, tomándome de un brazo, me pidió que corriera como nunca antes lo habíamos hecho y así fue. Despavoridos, corrimos sin cesar, en medio de aquella cantidad de enormes columnas blancas que parecían caer sobre nosotros y aquel brillante piso de mármol que no daba aguante a la suela de nuestros zapatos, teniendo que hacer un impulso sobrenatural para ganar en la zancada. El policía, venía detrás de nosotros, parecía furioso por la ventaja que le llevábamos, fue en una curva cuando vimos unos escalones laterales y por allí saltándolos de dos en dos, estuvimos dos plantas más abajo, allí mismo tomamos un pasillo oscuro que terminaba en una enorme puerta con una pequeña luz en su parte superior. Nos detuvimos un rato. El silencio se hizo notar y pudimos percibir que nos habíamos escabullado del policía.

Nuestra respiración intensa y el sudor que emanaba de nuestras frentes, mostraba el cansancio en el que nos encontrábamos. Fue allí, cuando Gloria me explicó por qué había actuado de esta manera. Lo primero que hizo entre suspiros, fue decir estás palabras.

-¿Por qué estabas hablando con aquel hombre? Dijo con cierta furia

Tuve que explicarle que se trataba de un famoso escritor, del que había leído su novela. Dije su nombre y fue cuando ella saltó con soberano grito.

-¡Él no es ningún Gabriel García Márquez –dijo como si le conociera- este hombre es un hijo de puta del gobierno, familiar de no sé quién que le gusta seducir niños y luego desaparecerlos. Dijo con furia

Así mismo prosiguió con su cantaleta.

-Le conozco muy bien, le he visto recoger algunos de nosotros en las calles, montarlos en su lujoso carro y luego llevarlos consigo –dijo sin más- El Carlos, sobrevivió -creo que ha sido el único- porque logró escapar, pero este hombre es un asesino. Esta vez se acercó a mí y me sacudió tomándome de ambos hombros

Yo estaba perplejo. No era consciente del peligro que hubiera podido correr, si este hombre me hubiese engañado y llevado, a quién sabe dónde. Gloria, se mostraba muy molesta, no paraba de botar palabrotas por su boca. Me sentí culpable por haberle invitado a la biblioteca. En un ir y venir, ella se recostó a la gran puerta y esta cedió abriéndose de par en par. Me asusté cuando ella desapareció de mi vista, adentrándose en aquel extraño recinto. Inmediatamente le seguí y de un empujón entré en lo que era una continuación del largo pasillo antes recorrido. La puerta de cerró a mis espaldas, con un crujido semejante al de una caja fuerte. Una tenue luz dejaba ver una puerta al final y algunas mesas repletas de objetos –en realidad- les mentiría, si les dijera de qué se trataba realmente.

La oscuridad no era problema para ambos. Así que movidos por la curiosidad, dimos pasos hasta aquella luz. Al llegar allí, un gran salón de mesas de madera, se abría ante nosotros. En cada una, columnas de libros, descansaban de su largo viaje en manos de los lectores. El olor a polvo y papel viejo era dueño del lugar. Las paredes tapizadas de un viejo papel rosa con detalles barrocos, combinaba perfectamente con todos los textos apilados.

-¿Qué es todo esto? Me preguntó Gloria, cómo si yo tuviera la respuesta

-¡No lo sé! –Repliqué- a lo mejor se trata de un cementerio de libros.

-No digas eso, que me da miedo. Dijo Gloria

No entendía como una simple palabra, podía causar temor en aquella chica tan valiente. A continuación y luego de dar un largo paseo por todo el inmenso salón. Encendimos las pequeñas lámparas que se encontraban sobre las mesas y así una misteriosa y sutil luz amarilla, nos permitió ver que estábamos en medio de un puñado de viejos libros, que estaban ansiosos de contarnos sus historias…

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Bogotá VII… “La Biblioteca”

Nuestra pasajera felicidad nos hizo perder mucho tiempo en medio de las paredes y parques de la ciudad. Gloria, había dicho que hoy no iría a trabajar, que se tomaría una especie de “vacaciones” cosa que nos causo mucha risa por lo irónico de la situación.

Cuando nos acercamos al fin al enorme edificio blanco, un rebullicio de gente –no era tanta, tampoco- algunos en la en la puerta, hablaban sin parar entre ellos y alguno que otro salía y entraba. Yo, pendiente de los vigilantes, quienes se pueden poner algo “cómicos” a la hora de dejarte pasar. No logré ver alguno, por lo que sería fácil entrar y buscar a nuestro amigo.

Otras veces cuando he venido, él me acompaña y así nadie dice nada, íbamos a la sección de libros históricos y allí, me daba lecciones de lectura y del tema en si. Siempre me comentaba, que el leer, era bueno para la mente y el espíritu, que te hace viajar y sentirse un hombre nuevo. Al principio, no lo entendí. Pero a medida que me adentraba más en la lectura, fue como un droga –la mejor de todas- y ya no hubo vuelta atrás; porque cada tarde venía puntual, él, me hacía pasar y me elegía el libro que debía leer y me dejaba sentado en un pequeño rincón, donde no fuera un estorbo para nadie y lo más importante –creo- que nadie lo fuera para mi. Luego, salíamos a la calle a comer alguna tarta y allí me pedía que le contará la historia leída. Así pasábamos horas en las que Sebastián, invertía en explicarme ciertas cosas y palabras que no comprendía, fue luego cuando me enseño lo que se llama “Diccionario” y esto si que fue todo un gran descubrimiento. Era un libro dónde podía encontrar el significado de todo lo que no entendiera.

Deseaba enseñarle todo esto a Gloria, a lo mejor, ella despertaba el mismo interés por los libros y así tendría compañera de lectura. Además, todos ustedes saben, mis sentimientos hacia ella, así, sea algo mayor y más grande que yo.

En un descuido, pudimos colarnos en medio del gentío. Le dije a Gloria que me esperará agazapada entre algunas columnas –ella accedió a mi petición- y yo fui en busca de Sebastián. A lo lejos le pude ver hablando con un grupo de gente que parecía entrevistarle –era uno de los grandes encargados del lugar-, así que no me extrañaba esto. Me acerqué lo más que pude, cuando alguien me sujetó del hombro izquierdo, mientras permanecía de pie, pegado a una blanca columna. Me quedé quieto. Se me ocurrieron un montón de cosas –no podía salir corriendo- porque deseaba sobremanera, poder enseñarle a Gloria todo lo que yo había visto.

Bajé mi mirada y en el pulido mármol del suelo, pude ver la imagen de un hombre –algo viejo- tenía un bigote enorme y cara de bonachón, vestido con un traje blanco que llegaba hasta su cuello.

-¿Qué haces aquí pilluelo? Dijo con voz profunda –como de alguien que fuma en demasía-

Volví la mirada y con ella le supliqué, que me dejará estar allí, que no diera ninguna voz de alerta y creo que entendió mi mensaje. Fue cuando me hizo dar media vuelta y quedar frente a él.

-¿No me digas que eres un ladrón de libros? Dijo esta vez, mirándome a los ojos

-¡No señor! Repliqué con voz temblorosa –Yo vengo aquí y los leo, luego marcho. Dije en tono de reverencia

-¡Eso me parece excelente! Contesto el hombre con una sonrisa en sus labios –Esto debería de hacerlo mucha gente y las cosas serían diferentes. Continuó hablando después de la pausa

-¿Y qué has leído? Me preguntó esta vez con tono curioso

-He leído algunos, señor, no muchos –respondí- -Un amigo me dice que debo leer a los grandes escritores de este país y así iniciarme para luego pasar a otros autores. Esta vez ya me encontraba más relajado

-¿Y Quién es este amigo tuyo? Preguntó llevando su mano derecha a mi hombro

No quise responder. No deseaba meter en líos a mi gran amigo y permanecí callado. El viejo hombre, entendió mi posición y me pidió que le contara que era lo más curioso que había encontrado en un libro. Fue, cómo si hubiese activado un botón dentro de mi y comencé soltar todo lo que sabía de un viejo pueblo llamado Macondo, donde llovió muchos años sin parar, donde sus habitantes tenían extrañas maneras y comportamientos. El señor, se quedó en silencio, tenía asombro en su rostro, al oírme casi recitar de manera perfecta algunos pasajes de aquel libro, una vez hube terminado, hizo una pregunta.

-¿Sabes el nombre del escritor? Tenía en su cara, una mueca de satisfacción y deseaba que al igual que había recitado los párrafos, dijera el autor

-¡Si señor! Puedo decírselo se llama: Gabriel García Márquez y es premio “Mobel” de literatura, un premio que le dan solo a gente muy importante

El hombre sonrió, soltando una pequeña carcajada, se dice “Nobel” –eso señor- respondí rápidamente, corrigiendo mi error. A él no pareció importarle mucho. Pero me quedé helado, cuando este misterioso hombre me dijo que era él quién había escrito ese libro. Estaba frente a Gabriel García Márquez, así sin más… Fue cuando sentí que me orinaba encima, allí mismito…

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