Nuestra pasajera felicidad nos hizo perder mucho tiempo en medio de las paredes y parques de la ciudad. Gloria, había dicho que hoy no iría a trabajar, que se tomaría una especie de “vacaciones” cosa que nos causo mucha risa por lo irónico de la situación.
Cuando nos acercamos al fin al enorme edificio blanco, un rebullicio de gente –no era tanta, tampoco- algunos en la en la puerta, hablaban sin parar entre ellos y alguno que otro salía y entraba. Yo, pendiente de los vigilantes, quienes se pueden poner algo “cómicos” a la hora de dejarte pasar. No logré ver alguno, por lo que sería fácil entrar y buscar a nuestro amigo.
Otras veces cuando he venido, él me acompaña y así nadie dice nada, íbamos a la sección de libros históricos y allí, me daba lecciones de lectura y del tema en si. Siempre me comentaba, que el leer, era bueno para la mente y el espíritu, que te hace viajar y sentirse un hombre nuevo. Al principio, no lo entendí. Pero a medida que me adentraba más en la lectura, fue como un droga –la mejor de todas- y ya no hubo vuelta atrás; porque cada tarde venía puntual, él, me hacía pasar y me elegía el libro que debía leer y me dejaba sentado en un pequeño rincón, donde no fuera un estorbo para nadie y lo más importante –creo- que nadie lo fuera para mi. Luego, salíamos a la calle a comer alguna tarta y allí me pedía que le contará la historia leída. Así pasábamos horas en las que Sebastián, invertía en explicarme ciertas cosas y palabras que no comprendía, fue luego cuando me enseño lo que se llama “Diccionario” y esto si que fue todo un gran descubrimiento. Era un libro dónde podía encontrar el significado de todo lo que no entendiera.
Deseaba enseñarle todo esto a Gloria, a lo mejor, ella despertaba el mismo interés por los libros y así tendría compañera de lectura. Además, todos ustedes saben, mis sentimientos hacia ella, así, sea algo mayor y más grande que yo.
En un descuido, pudimos colarnos en medio del gentío. Le dije a Gloria que me esperará agazapada entre algunas columnas –ella accedió a mi petición- y yo fui en busca de Sebastián. A lo lejos le pude ver hablando con un grupo de gente que parecía entrevistarle –era uno de los grandes encargados del lugar-, así que no me extrañaba esto. Me acerqué lo más que pude, cuando alguien me sujetó del hombro izquierdo, mientras permanecía de pie, pegado a una blanca columna. Me quedé quieto. Se me ocurrieron un montón de cosas –no podía salir corriendo- porque deseaba sobremanera, poder enseñarle a Gloria todo lo que yo había visto.
Bajé mi mirada y en el pulido mármol del suelo, pude ver la imagen de un hombre –algo viejo- tenía un bigote enorme y cara de bonachón, vestido con un traje blanco que llegaba hasta su cuello.
-¿Qué haces aquí pilluelo? Dijo con voz profunda –como de alguien que fuma en demasía-
Volví la mirada y con ella le supliqué, que me dejará estar allí, que no diera ninguna voz de alerta y creo que entendió mi mensaje. Fue cuando me hizo dar media vuelta y quedar frente a él.
-¿No me digas que eres un ladrón de libros? Dijo esta vez, mirándome a los ojos
-¡No señor! Repliqué con voz temblorosa –Yo vengo aquí y los leo, luego marcho. Dije en tono de reverencia
-¡Eso me parece excelente! Contesto el hombre con una sonrisa en sus labios –Esto debería de hacerlo mucha gente y las cosas serían diferentes. Continuó hablando después de la pausa
-¿Y qué has leído? Me preguntó esta vez con tono curioso
-He leído algunos, señor, no muchos –respondí- -Un amigo me dice que debo leer a los grandes escritores de este país y así iniciarme para luego pasar a otros autores. Esta vez ya me encontraba más relajado
-¿Y Quién es este amigo tuyo? Preguntó llevando su mano derecha a mi hombro
No quise responder. No deseaba meter en líos a mi gran amigo y permanecí callado. El viejo hombre, entendió mi posición y me pidió que le contara que era lo más curioso que había encontrado en un libro. Fue, cómo si hubiese activado un botón dentro de mi y comencé soltar todo lo que sabía de un viejo pueblo llamado Macondo, donde llovió muchos años sin parar, donde sus habitantes tenían extrañas maneras y comportamientos. El señor, se quedó en silencio, tenía asombro en su rostro, al oírme casi recitar de manera perfecta algunos pasajes de aquel libro, una vez hube terminado, hizo una pregunta.
-¿Sabes el nombre del escritor? Tenía en su cara, una mueca de satisfacción y deseaba que al igual que había recitado los párrafos, dijera el autor
-¡Si señor! Puedo decírselo se llama: Gabriel García Márquez y es premio “Mobel” de literatura, un premio que le dan solo a gente muy importante
El hombre sonrió, soltando una pequeña carcajada, se dice “Nobel” –eso señor- respondí rápidamente, corrigiendo mi error. A él no pareció importarle mucho. Pero me quedé helado, cuando este misterioso hombre me dijo que era él quién había escrito ese libro. Estaba frente a Gabriel García Márquez, así sin más… Fue cuando sentí que me orinaba encima, allí mismito…
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